Era especial. Lo fue por sus impulsos desde un tierno infante hasta que, como joven, mostró inquietudes en todos los ámbitos que le llevaron a un enorme grado de madurez con el paso del tiempo. Fue escritor y poeta, y, por el camino, periodista y dramaturgo. Podríamos decir que se forjó como un humanista de las letras, con vocablos cargados de una ingente humanidad. Para más señas fue uruguayo y se enclava en una generación especial, la del 45.

Fue un escribidor con alma, con sapiencia, con ganas, con armonía, muy enamorado, profundamente hechizado, como deben ser los poetas de verdad. Su nombre era ostentoso, pero él fue muy sencillo. Lo bautizaron como Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia. Para los que le seguimos fue, es y será Mario Benedetti. Pocos como él han dejado una huella tan imborrable. No conviene que olvidemos que como cuentista fue un ser humano formidable. Su visión periodística, su manejo de la narración rápida, ordenada y precisa le dieron un oficio que desempeñó como un relojero suizo. Recomendamos la lectura de “El otro yo”.

Nació en Paso de los Toros. La denominación de su población natal ya era un anticipo de lo que sería esta persona excepcional en un siglo XX que ha dado escritores iberoamericanos de una talla inmensa. Él fue un grato y claro ejemplo.

“La Tregua” y “Gracias por el fuego”, dos novelas de los años 60, le consolidaron en el panorama literario, cuando ya era un destacado poeta, con ensayos muy interesantes y duros. La vida era su controvertido objeto de atención. Lo social le atraía, en el marco de esa impronta tan propia de unas generaciones de escribidores con gran conocimiento y altura intelectual, igualmente comprometidos con su entorno y con sus gentes.

Mario Benedetti

Mario Benedetti con su esposa, Luz López.

Su obra es abundante. Ésta es otra de sus señas de identidad. No le gustó parar en momento alguno, incluso cuando las crisis estuvieron presentes. Algunos de sus libros tienen un perfil autobiográfico, como “La borra del café” o “Andamios”. Pese a su exilio, debido a las situaciones políticas que vivió su país, siempre contó con el cariño de sus paisanos, que le agasajaron, le galardonaron, le hicieron Doctor Honoris Causa, y le dieron los premios principales de su nación, como constatación de la verdad que defendió en todo instante.

Tuvo muchas frases brillantes. Se complacía constatando la realidad y sus percepciones con sentencias y reflexiones que reflejaban su inclinación por aquello de lo bueno y breve, que, en su caso, era mucho más que doblemente óptimo. En la intimidad y en lo público emplazó un estilo inconfundible. En él se daba el aserto de “no me tientes que si nos tentamos no nos podremos olvidar”.

Grandes amigos

Borges y Cortázar fueron dos grandes amigos, fuentes de inspiración y maestros con los que compartió ilusiones, inteligencia y aprendizaje. Convivieron y se dejaron huellas recíprocas. También le dejó un marchamo muy especial su estancia en España, en su capital, en Madrid, donde ejerció de escritor y de periodista. Mezcló aquí su enorme caudal lingüístico con una nueva aportación a su imparable riqueza espiritual y cultural. Prueba de su paso por la península ibérica es su obra “El desexilio y otras conjeturas”, que conglomera ese período intenso que constata la realidad que encontró en la antigua Hispania.

Pese a su amor por la palabra, valoraba igualmente la formación que viene de la contemplación, de ver lo que hacen y meditan los demás. Así, la cultura japonesa le encantaba, como lo demuestra su gusto por los haikus. “Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio“, repitió en alguna ocasión.

El ensayo fue otro género en el que se sintió cómodo. Fue constante en todos los territorios, lo cual le dio una fortaleza como muy pocos han conocido. La Literatura fue uno de los asuntos abordados en sus textos opinativos, como fue el caso de “Crítica cómplice”. Se deleitaba jugando con las voces, con las ideas, con las intenciones que connotan. Su inteligencia le portaba por parajes muy atrayentes.

No siempre las circunstancias estuvieron de su parte, pero indudablemente fue un luchador, así como un viajero infatigable. Era un auténtico maestro, un virtuoso, en el “tanteo” del castellano, con una óptica fina, mordaz a veces, singular, hermosa, fatigosa y brillante, con tino en las anotaciones aportadas y en cómo las conjugaba.

Vislumbró el papel de las clases sociales y de los parejos estamentos políticos, en unas encrucijadas, según los contextos sociales, geográficos e históricos, muy complejas, más aún en el caso de Hispanoamérica, a lo que hay que unir que conoció muy sabiamente la coyuntura de España. Sus estudiosos dicen que no saben muy bien de dónde salía y sacaba tanta energía. Los éxitos siempre estaban garantizados cuando él estaba por medio. Seguramente tenía mucho que ver el hecho de que, como él mismo indicaba, los débiles nunca se rinden.

Como únicamente consiguen los tocados por la Naturaleza, ha dejado una marca soberbia y eterna en la Literatura española. Es así. Los dioses terrenales nunca mueren.

Juan Tomás Frutos. Periodista de RTVE

Juan Tomás Frutos. Periodista de RTVE

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