Si hay poeta regio por el que yo siento especial devoción es Dámaso Alonso (Madrid, 22 de octubre 1898-25 de enero 1990). Un madrileño que conoció bien España, que la vivió, que la saboreó, que la sufrió. Sus «Hijos de la Ira» son un exponente de cómo palpó la filosofía de lo español, del español, de su historia sangrante más reciente.

Fue un estudioso, y se formó en Derecho y en Filosofía y Letras. Pasó por ambas Facultades en Madrid. De una fuerte formación jesuítica surgió un profundo carácter humanista que dejaría una impronta muy particular durante los años en los que dirigió la Real Academia de la Lengua Española. Creía en el valor de lo literario, de lo escrito, y, en ese sentido, defendía la labor del escribidor como salvador, sanador y hasta como salvaguarda del idioma.

Se rodeó y se relacionó con los mejores, con su maestro Menéndez Pidal, a quien sustituyó al frente de la Real Academia de la Lengua. Fue un poeta con mucha técnica, pero también con un pulso y un ritmo vitales como pocos. Su obra su intensa: Poemas Puros, Poemillas de Ciudad, El Viento y el Verso, Poemas escogidos, Verso y Prosa Literaria… Escribió mucho, y bueno. Desde Letras de Parnaso animamos a que se lea, y relea, su ingente quehacer.

Tuvo influencias de muchos, todos extraordinarios. Se codeó con el gran Vicente Aleixandre, y mostró siempre su querencia por la obra de Juan Ramón Jiménez, a quien admiró, así como rindió culto a los poetas del 27 y del 36. Compartió intereses, objetivos y perspectivas con ellos.

La travesía literaria de Luis de Góngora le apasionó siempre, e hizo análisis muy interesantes al respecto, como, por ejemplo, sus Estudios y ensayos gongorinos. Es una delicia leerlos. Hay que recordar que Góngora no fue, precisamente, un escritor fácil de comprender.

Fue un filólogo excepcional. Se esforzó por mantener un castellano-español que siguiera unos cánones comprensibles en todo el mundo, especialmente entre España e Hispanoamérica. Dimensionó y dirigió la Revista de Filología Española, una publicación de culto hoy en día.

Le entusiasmó San Juan de la Cruz, como teólogo y como escritor, especialmente en su visión poética. La religión fue un elemento de inspiración en varias etapas de su vida, con sabores agridulces. Duda y amor sobre el Ser Supremo fue, es, una excelente obra de carácter religioso que muestra sus perspectivas al respecto. El lenguaje es tan plástico como atractivo en unos escritos de fuerza incontenible. Se nota cuánto conocía el rico vocabulario del español. Tiene un tino especial para nominar los conceptos a los que alude, que maneja con hermosura y emotividad. De este autor siempre se aprende, tanto si tenemos en cuenta el fondo como la forma de lo que nos ha trasladado con el paso de los años.

Muy reconocido y valorado

Como no podía ser de otro modo, recibió numerosos reconocimientos. Así, el nombre de Dámaso Alonso aparece por colegios y calles de todo el país, como prueba del afecto que despertó y de la admiración que siempre le vamos a profesar. Fue un mediador, un luchador de las letras, una persona siempre atareada por mejorar el lenguaje en sus diversas manifestaciones, al tiempo que procuró que se incrementaran los hábitos de lectura y de aprendizaje del idioma. El premio más alto que recibió fue el Cervantes, por toda una vida dedicada a la Literatura, a la Poesía, a estudiar lo lingüístico. Amó su trabajo hasta su muerte, que le alcanzó casi en la centuria.

Hay personas que construyen desde la inteligencia. Hay personas que son voluntariosas y decididas. Hay personas que son vitales y buenas. Las hay que conjugan todo esto con una defensa antropológica del ser humano. Dámaso Alonso lo hizo (lo que reseñamos y más) con una pugna a ultranza por la salubridad de un idioma que dominó y que quiso mucho. Se advierte en el cautivador legado escrito que nos dejó. Con él, todavía nos sigue enseñando mucho.

Juan Tomás Frutos. Periodista de RTVE

Juan Tomás Frutos. Periodista de RTVE

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