Parece que rezan, pero no rezan, o puede que sí, pero no exactamente en el sentido religioso. Hablan de amor, de sentimientos, de sensibilidad, de querencias, de opciones, de futuro. Defienden los universales de la solidaridad, de la amistad y de la entrega al prójimo como a ellos mismos. Están en contra de las guerras, y quizá por eso las pierden todas, como se dice en más de una canción. Hacen trotar con ritmo las palabras y nos ascienden a los cielos con la naturalidad del que más sabe (seguramente conocen mucho). Son los poetas, esas personas extraordinarias, que, ante todo, son eso: ciudadanos buenos en el sentido más propio de esa apreciación.

Caben muchas reflexiones.Hace muchos años escuché a alguien preguntar para qué sirven los poetas, y recuerdo que, sin pensarlo mucho, le dijimos que no se podía imaginar la falta que hacían estos escritores, auténticos retratistas de la realidad, que tratan de lanzar mensajes de ánimo, de concordia, de reconciliación, de perdón, de conocimiento, de salubridad…

Los poetas cantan sus emociones, y nos trasladan a paraísos. Nos quitan penas, y las ponen encima de la mesa precisamente para deleitarnos, para abundar en esas necesidades que todos debemos solventar del modo más apropiado. Ponen, indudablemente, tapas a los más brillantes libros, a los de la vida.

Nos brindan día tras día paisajes maravillosos, nos ubican en oscuridades que alumbran, nos quitan los sustos, incluso cuando a ellos les llena de pavor la existencia… Nos escuecen con sus dolores, con sus inflaciones, con sus piedades, con sus trayectorias, con las vacunas ante una voluntad que cae, pero que no calla, que jamás se arrodilla. Son los poetas, todos grandes en belleza y en sus menesteres sociales contributivos.

Trastocan los elementos hostiles para prepararse ante los testimonios y los hechos, que enmarcan como sólo ellos intuyen. Viven de la mejor verdad, de la que sale de las entrañas, de la que surge de la intención más maravillosa. Ponen colores a la existencia, incluso cuando ésta se marchita o se rompe. Las palabras ayudan a avanzar, y ellos las colocan de una manera venturosa.

Escriben a las estrellas, y navegan como si el mundo se fuera a acabar, o puede que como si comenzara cada jornada. Ven amanecer y atardecer con los ojos gozosos. Piden que paren las guerras y que crezcan los amores. Detienen las balas, incluso las reales, con sus papeles untados con las velas de noches solitarias, con las que se entroncan con los seres más empáticos, con las almas gemelas.

Fuertes en su debilidad

Son eternos niños, y, desde su bola mágica, arreglan mundos al son de la música de sus partituras, de sus versos. Son pacientes, crédulos, fuertes en su debilidad, y mantienen la esperanza incluso en los territorios más baldíos y vacíos. La fe que le mueve está en el corazón que, desde una alianza particular con la mente, expresa lo más sagrado, esto es, la defensa de lo humano.

Decoran sus elucubraciones de paisajes especiales. No creen ni en castigos ni en culpables, ni en víctimas ni en victimarios. Sus empresas de cada día son entusiasmar y contribuir a que la sociedad aparezca más filosófica, más reflexiva, más querida. Sus manos están limpias e intentan que la comunidad sea cada vez más sólida dentro de los márgenes que todos sufrimos. Ciertamente afrontan las crisis como pocos, pues siempre están en esa puesta en cuestión del sistema, incluso cuando la materia prima parece ser el cimiento único. No creen en lo superficial, sino en lo intangible, que nos descubren con vocablos de recetas suaves, tiernas.

No viven por y para el dinero. Sus dioses se sustentan en beso por beso, y en abrazo por abrazo. Sus actitudes (en ocasiones, bohemias) demuestran que el ser humano puede conservar cerca el calificativo de escrupuloso. No son estrategas, pero sus técnicas, mutables, son la base de un universo que merece la pena y mucho.

Son los poetas, los que creen incluso en los instantes más gravosos, los que nos salvan incluso sin saberlo, los que nos proponen serenidades frente a los infiernos. Son la estampa dichosa de un colectivo, una imagen transparente a menudo, pero que, como el aire, nos oxigenan desde sus fundamentos. No podríamos seguir adelante sin ellos. Pocos glosan esto. Puede que sea lo mejor. Lo relevante es que permanezcan ahí como lo que representan: el exponente de lo idealizado y de lo realizable.

Son ellos. Vuelan cada día, y cada día somos un poco más nobles gracias a su intercesión. Si nos paramos un poco y nos fijamos, los advertimos. Hay un sinfín. Y no todos escriben.

Juan Tomás Frutos

Juan TOMÁS FRUTOS.

Periodista.

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