Fue una persona excepcional, aunque suene a tópico. Lo fue. Pocos han escrito como él, y pocos como él han dado cuenta de la sociedad de su tiempo. Estudio Derecho y Filosofía, dos materias, dos áreas, que contribuyeron a darle sentido a su experiencia de vida, llena de felicidad y de sensibilidad. Fue longevo en años, en inteligencia, en saber estar, en aprender, en compartir. Escribió una inmensa obra, cargada de lírica, que fue «El Jardín de las Delicias». Se cita para entender las letras hispanas.

Relatos, cuentos y narraciones de distinto tipo configuran su quehacer literario, lleno de reconocimientos y de premios. Fueron muchos, pero lo más importante es que todos los mereció. Pensemos en un galardón importante, incluyendo los Premios Cervantes y Príncipe de Asturias, que consiguió en la década de los 90, y todos están en su rico y simpar palmarés.

Fue escritor, profesor de Universidad, funcionario, viajó y vivió intensamente en el Nuevo Continente, compartió amistad con los escritores más reconocidos y laureados, y fue, sobre todo, un exponente de humanidad en todos los órdenes. Naturalidad, frescura y ganas de disfrutar se manifestaron a lo largo de todos sus días. Un ejemplo de entereza y de fortaleza fueron los viajes que hizo por medio mundo con motivo del Cuatrocientos Aniversario de El Quijote, con lecturas incluidas de la ingente obra de Miguel de Cervantes.

Perteneció a varias Academias, entre ellas la de la Lengua Española. Fue un referente para varias generaciones en lo literario, y también en lo social.

Unas 30 obras de narrativa y más de 50 ensayos son el resultado de una honda actividad como escritor. A ese menester hay que añadir su devoción por el Periodismo. Cofundo la revista «Realidad». Fue colaborador de varios medios, y, sobre todo, conviene destacar que tocó profundos temas sociales en sus textos, incluyendo el espectáculo, el cine, los propios medios de comunicación, así como las características de las sociedades en las que se movió y que se fueron transformando durante el Siglo XX. Las supo interpretar excelentemente.

Enorme lucidez

Tuvo una lucidez impresionante hasta el final de sus días. En sus «Recuerdos y olvidos» hace un repaso a su trayectoria vital y a sus impresiones de eventos con el paso de los años. Dulzura y sabiduría se desprenden de unos libros memorísticos -fueron varios- que sirven de notaría, de testimonio, de una España contradictoria. Buena parte de sus obras se enumeran en Wikipedia. Conviene su consulta.

En el cuento como género se sintió cómodo, como se advierte en «El Jardín de las Malicias», todo un reflejo de cómo interpretó él la vida. Se sentía en paz y en equilibrio escribiendo, y eso se le nota. También le preocupaba el ser humano, sus dudas, sus maneras de actuar, sus diversidades y antítesis. “El hechizado” es toda una muestra de inteligencia, de técnica en el escribir, y de perspectiva acerca de lo humano.

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García Márquez confesaba en una de sus últimas obras que contaba lo que había vivido, y que había que vivir, en el doble sentido, para contar el devenir personal y colectivo. Fue el caso también de nuestro querido Francisco de Ayala. Se nos fue en el año 2009, pero todos sabemos que gentes como él no mueren, no mueren para siempre. Siguen presentes en sus escritos, en sus extraordinarios comportamientos, en sus coherencias, en sus querencias y estimaciones.

El alba y al amanecer fueron temas recurrentes en sus libros y escritos en general. Hay quien se siente enamorado de la vida desde el primer instante en el que esa misma vida nos recuerda que es un milagro lo que acontece cuando sale el Sol. Él lo sabía, Francisco Ayala lo sabía, y por eso tuvo el regalo de saborearla durante 103 años, que aprovechó al máximo. Miren su obra, y palparán lo que les digo.

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Juan Tomás Frutos. Periodista de RTVE

Juan Tomás Frutos. Periodista de RTVE

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