Hacía mucho que quería desterrar la oscuridad completa de la habitación. Aprovechemos que tenemos venecianas, se dijo. Una leve inclinación y la madrugada se colaría sigilosamente en su cama.

Aquella noche no pudo dormir. Casi se agradecía la claridad que entretenebraba la estancia. Una luz azul oscuro, de noche americana que remataba tantas horas de pensamientos, listas de tareas, viajes ineludibles, facturas por pagar. La hostia de complicaciones.Y de repente, él volvió. Como si no hubiese muerto.  Entornó sus ojos y pareció verle, notar su mano. Su mano que bajaba hasta su miembro erecto. “Se ha despertado“. Y a esa hora infame que ni es de noche ni de día, ambos se desbocaban felices. Eran juegos sin besos. Era follar a lo bestia. Era bonito. Eran luz en la oscuridad.

Abrió los ojos: las seis de la mañana. Luego estaré muerta de sueño. Él cumplía sus promesas.  y ante la imninencia de su muerte le prometió visitarla. “Me colaré entre tus sábanas y te haré el amor. Seré el fantasma cachondo“.
Cerró las venecianas. A veces los recuerdos, lejos de aliviar, entorpecen la vida. Pero se lo pensó mejor y descorrió las láminas de metal por completo. Él odiaría verla triste, derrotada. Pronto sería primavera. La luz la despertaría. La luna llena la bañaría con aquel selénico resplandor que tanto le gustaba. Esa luna que le pertenecía a él, casi tanto como al cosmos. Ya era casi de día.

LolaGracia

Lola Gracia. Periodista.

Autora de  Territorio G  y Vivir al Filo

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