Me crié en la huerta, con las ventajas e inconvenientes que esto conlleva, relativamente aislado y eso para un niño de entre los 8 y 12 años, no es muy divertido.

Solo tenía dos vecinos, y medio, con los que jugar. Digo medio, por que Mariano, Marianín, era el más joven. Un canijo de poca energía y ojos saltones que aportaba poco a nuestras andanzas, con lo cual siempre había que estar pendiente de él, pero eso sí, muy avispado en algunos juegos, como cuando jugábamos a ver quién encontraba más nidos en el mar de huertos de naranjos que rodeaba nuestras casas. Ahí sí que tenía ventaja, supongo que por su pequeño tamaño, y esos ojos que parecía querían independizarse de su dueño, le ayudaban bastante.

De Rafa te podías esperar cualquier cosa por extravagante que fuera, era puro nervio, casi no tenia uñas porque se las devoraba. Tenía un perro llamado Güeter, tan nervioso como su dueño, negro, de raza indefinible y muy bien adiestrado para buscar y matar ratas que en ocasiones nos acompañaba, pero solía estar atado porque se ponía muy pesado. Tenía una obsesión enfermiza por estos roedores y a la menor ocasión ya te lo veías escarbando haciendo un hoyo, desaparecía dentro del mismo, y al rato salía con uno de estos bichos en la boca.

La familia de Rafa tenia, como todos por esta zona, su huerto y su bancal.

En este acababan de plantar el día anterior patatas con mucho esfuerzo, ya que se hacía a brazo, y les había quedado muy bonito. Nadie llegó a saber cómo y porqué le pasó esa idea por la cabeza pero, no se le ocurre otra cosa que coger un bote, sacarle gasolina a la rieju de su padre y echársela en el esfínter del pobre Güeter.

Había que verlo, corriendo solo con las patas delanteras por el bancal recién sembrado. Un video de ese suceso ahora hubiese sido viral.

Y luego estaba José Luís, mi primo, siete meses mayor que yo y que a veces teníamos ciertos piques por manejar el cotarro. Era el preferido de mi vecina Peli para jugar a los médicos en el huerto. Tenía la manía de querer curarle siempre en la misma zona, que picaruela

Uno de esos piques surgió un día en el que llegó Pedro, un vendedor ambulante de conservas y otras zarandajas en un Renault 4, o cuatro latas, le decíamos nosotros.

Pedro siempre traía los bolsillos llenos de bolitas de caramelo anisadas del tamaño de guisantes que a nosotros nos volvía locos, no sé si lo hacía por vernos felices o por deshacerse de nosotros. El caso es que, en una ocasión, después de darnos las bolitas desapareció dentro de la casa de una vecina dejándose el coche con las marchas en punto muerto. Nos percatamos de ello y se nos ocurrió medir nuestras fuerzas empujando el coche: mi primo desde delante y yo desde atrás.

Él, viendo que yo iba ganando, dejó de empujar soltando el vehículo, que avanzó de forma repentina, haciendo que me tropezase y cayese con la frente sobre el parachoques, lo cual me propinó una brecha en el entrecejo que no cesaba de sangrar a chorro, y que a día de hoy, aún luce su cicatriz, aunque levemente.

Quedó demostrado que el más fuerte era yo y el más listo era él… ¡dita sea!…

Y quedo yo…, que era un trasto, pero eso es otra historia. Todo esto que acabo de contar ocurría mientras paralelamente se desencadenaban otros acontecimientos decisivos en el devenir de este país: la muerte de Franco y el inicio de la Transición.

Los padres de hoy tienen suerte, saben en todo momento donde están sus hijos y lo que están haciendo, unos ojos a una pantalla pegados. No sé si mejor o peor, pero sí que son otros tiempos. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo.

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José Cano Ruiz

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