El discurso político y el propio sistema administrativo para la toma de decisiones necesita un cambio estructural; creo que esto es algo que gran parte de la población ya percibe, sin embargo, todavía tenemos miedo a las cuatro siguientes cuatro preguntas: ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién?

El contexto social es producto del individuo y nunca al revés, y es por eso que un cambio sustancial sólo puede surgir de un cambio de conciencia individual y de los microsistemas que forman parte del propio sistema.

Como ocurre en nuestro sistema neuronal, las interacciones sociales se alimentan y activan en forma de redes de contacto y reflexión.

La realidad es una construcción de nuestro cerebro.

Todo lo que vemos y percibimos es información codificada a partir de algoritmos descifrados en microsegundos y en diferentes áreas de nuestro complejo cerebro. A través del uso del lenguaje, codificamos e interpretamos esa información y a lo largo del tiempo vamos construyendo creencias y hábitos en base a la información que seleccionamos, a las comparaciones con otras creencias, con lo conocido o con lo que esperamos que debería de ser.

En la vida diaria nos vemos profundamente influidos también por la cultura, los aprendizajes personales, el propio carácter, los instintos y los diferentes mecanismos de protección y supervivencia.

Nuestros pensamientos son el producto de toda esta amalgama de información que nuestro cerebro ha de procesar para tomar decisiones lo más rápidamente posible, especialmente en situaciones de ansiedad o peligro, por lo que obvia gran parte de la información tanto lógica como sensorial y acabamos en muchas ocasiones reaccionando sin un previo ejercicio de reflexión profunda y por ello cometiendo muchos errores de predicción, cayendo en autoengaños y siendo muy sugestionables por todo lo que nos rodea.

Los problemas más graves surgen al identificarnos con nuestro pensamiento y generalizar creencias que podrían ser válidas en determinado contexto aunque no en otros, hasta llegar a afirmar: «así soy yo», «así son los demás»; o nos identificamos también con grupos: «mi equipo, mi partido político…».

Estos conceptos nos brindan sentimientos de seguridad a corto plazo, pero tienen bastante poca utilidad a largo plazo, puesto que nos dividen en categorías, etiquetas, grupos e intereses, cuando no sólo lo más justo, sino también lo más ético, inteligente y práctico sería el diálogo y la búsqueda de acuerdos para el bienestar común. Esto del bienestar común dicho así parece muy sencillo, simplemente necesitaríamos buenas prácticas de negociación, planificación y gestión; sin embargo, no lo es tanto debido a todas las personas que tienen miedo a ese bienestar común y que por tanto en el fondo no lo desean, ya que torpemente viven más apegados a sus privilegios y a su sentimiento de superioridad o inferioridad que a la idea de una sociedad sana y con mayores índices de felicidad. Dicho esto, y tras evaluar ciertas conductas y pensamientos individuales, tendría que afirmar que vivimos en la sociedad del ciego egocentrismo, y que la mayoría de los problemas que experimentamos cada día, son precisamente las consecuencias de estas limitaciones individuales; que nuestro sistema económico y sociopolítico -en cada una de sus caras y facetas- simplemente refleja, en forma de espejo, las mismas limitaciones individuales.

El ser humano de nuestros tiempos sigue teniendo miedo a sentir, a conocerse a él mismo, a profundizar en su interior y a enfrentarse a las diferentes consecuencias de la realidad, es por eso que busca constantemente vías de escape y neutralización de sus pensamientos, sentimientos y emociones. Con este panorama, podemos decir que la mayoría de la gente vive dividida y en conflicto entre lo que siente, piensa y hace, pero bañada en un bálsamo de comodidad aparente con sales de miedo y frustración. Esto es algo que creo que no sólo yo pienso y siento, sino que en realidad es algo que todo el mundo percibe en alguna medida, aunque quizás por estar tan extendido, no nos permitimos pensar en ello.

Sin embargo, las pruebas del pensamiento egocéntrico generalizado las tenemos delante de nosotros desde que nos levantamos hasta que llega la noche y especialmente si escuchamos con atención los diferentes discursos políticos, que en definitiva, son el reflejo de lo que se supone que nosotros como micro grupos y en definitiva como sociedad queremos escuchar, porque en el fondo formamos parte de lo mismo y una parte de nosotros está detrás de cada discurso político.

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El ser humano de nuestros tiempos sigue teniendo miedo a sentir, a conocerse a él mismo, a profundizar en su interior y a enfrentarse a las diferentes consecuencias de la realidad.

Las pruebas de las limitaciones del individuo y del egocentrismo e inmadurez generalizada son las siguientes:

  • Generalizaciones, estereotipos y convencionalismos encaminados a la división y a la comparación sin realizar una autocrítica, un diálogo o un acuerdo.
  • Alta intensidad emocional verbalizada en forma de desbordamiento, baja empatía, superficialidad, morbo, impulsividad y capacidad de autoobservación disminuida o inexistente.
  • Cortoplacismo, búsqueda del bienestar inmediato que se sustenta a costa de la negación de los problemas y consecuencias individuales, ecológicas y macrosociales a largo plazo de nuestras decisiones.
  • Dificultad para dudar y profundizar, superficialidad generalizada y dificultad para la autoevaluación sobre las consecuencias sociales y la rentabilidad a largo plazo de nuestras conductas.
  • Preferencia por las ideas afines con lo que ya pensamos y rechazo narcisista y conservador de otras posibles opciones ajenas.
  • Dificultad para reconocer y superar nuestra ignorancia y para aceptar y adaptarnos a los cambios necesarios por el paso del tiempo, las nuevas necesidades sociales o las nuevas relaciones con un sistema globalizado.
  • Dificultad para la adaptación a las pérdidas y baja tolerancia a la frustración, junto con el rechazo de las medidas de prevención que puedan ocasionar dolor emocional a corto plazo.
  • Dificultad para reconocer los errores, aprender y tomar medidas de corrección y establecimiento de un cambio en los hábitos diarios.
  • Dificultades para analizar y sentir la unidad con el medio ambiente, los animales e incapacidad para gestionar de forma justa y racional los sistemas energéticos finitos que nos mantienen con vida, lo cual es incoherente con los propios derechos humanos que nosotros mismos creamos.
  • Dificultad para gestionar, mediar y llegar a acuerdos en los conflictos propios y ajenos.
  • Incoherencia entre los procedimientos y los principios que sostienen dichos procedimientos. Valores y principios cambiantes, difusos y adaptables a cada persona o a cada situación socioeconómica.
  • Utilización consciente o inconsciente de mecanismos y estructuras para la separación y la competencia entre individuos, mantenida por todas las limitaciones anteriormente nombradas, ya sea a través de la educación, los servicios, la legislación y la consecuente agresividad silenciosa y la diferencia de oportunidades.

Todas estas limitaciones individuales son las que podemos observar innegablemente y en forma de espejo en cada uno de los diferentes discursos políticos y esto no es casualidad, sino que es causado por el simple hecho de que para poder ascender a un cargo político tienes que aceptar, integrar y luchar con las mismas reglas que los individuos que lo forman, o de lo contrario serás expulsado por poner en tela de juicio la propia estructura que lo mantiene, y porque, sencillamente, para poder introducirte en el mismo tienes que atravesar antes toda una lucha de poder, generar alianzas y realizar estrategias de marketing sesgadas, estereotipadas, morbosas y analizadas al detalle, que sean aplaudidas con la misma rabia, orgullo y narcisismo con las que fueron creadas.

Yo todavía no he llegado a descifrar las preguntas de ¿Cuándo? ¿Dónde? o ¿Quién?, aunque para la pregunta del ¿Cómo? Sólo me queda una opción de respuesta que pueda convertirse en objetivo realista y es: Empezando por mí misma.

Ángela Fernández Moya Psicóloga y Coach

Ángela Fernández Moya
Psicóloga y Coach

 

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