Cada día me colocaba una máscara distinta. No en sentido literal, por supuesto. En eso consistía mi experimento: en adoptar una determinada personalidad y mantenerla en todas partes: en el trabajo, en la calle, en las tiendas, en el baloncesto, en el gimnasio, en el metro, en los bares…

Como muchas personas me ven a diario, procuré que el cambio de un día al siguiente nunca fuera brusco, sino gradual. Representé, como actor mentiroso (porque mi público desconocía serlo), una amplia gama de colores, de pequeños matices y cambios casi imperceptibles para la mente humana. De actitudes que iban desde excesivamente educado hasta el límite de la impertinencia. Desde la alegría empalagosa a la tristeza conmovedora.

Seguro que te preguntas por qué lo hice, y aquí te regalo media respuesta: 2 motivos tenía, uno de los cuales era redimirme de mi vocación frustrada como actor.

A veces, me preguntaban qué me pasaba, y yo daba una torpe excusa; en otras ocasiones, los demás me notaban normal sólo porque me comportaba de forma parecida a ellos.

Un día, noté el cambio más evidente en los ojos de los demás. Me pareció tan interesante que decidí conservar ese registro indefinidamente, y creo que no volveré a cambiarlo… a pesar de los muchos inconvenientes: me miraban muy raro, desperté antipatías. Me fui quedando solo, abandonado sin ayuda externa, y descubriendo que muchos supuestos amigos ya no lo eran, o nunca lo habían sido. Sufrí traiciones inesperadas, y las debilidades que mostraba resultaron ser alas para los demás. Alas pensadas para pisotear.

Y tras el anterior punto y aparte, te estarás preguntando cuál era ese registro que me hizo perder todo (lo falso), y ahora sí te responderé al 100%: ese registro era ninguno.

El día que empecé con el mismo, decidí no ponerme máscara alguna, y me di cuenta de que era la primera vez en mi vida que salía así a la calle.

Siempre había fingido mínima o máximamente: una sonrisa sutil, un falso asentimiento, una excusa inexistente, un cumplido que no sentía. Ahora, todas mis pocas sonrisas y gestos agradables son de verdad, y a casi nadie le sabe a mucho. Les va lo cuantitativo. La siguiente frase es horrible, real y demoledora. Todos llevan máscara.

Sin embargo, no he vuelto a ponerme ninguna porque a pesar de todo me alivia este estado sincero. La máscara era mi estrés, lo cual puedo considerar como conclusión de mi experimento. Yo, que soñaba con ser actor, acabé sintiéndome feliz por no serlo. Por primera vez, todo lo que me sucede es real, y a veces hasta positivo.

En este momento me siento bien, y tampoco voy a disimularlo. Y generoso. Tanto, que terminaré de contestar a tu primera pregunta: el segundo motivo que me impulsó a realizar mi experimento también estaba relacionado con mi vocación de artista (en el amplio sentido de la palabra). Escribir este relato.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Foto portada: Gerónimo Sanz

 

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