Las ochenta y dos primaveras no fueron obstáculo para que Blas llegara a casa de Mario, su hijo, diera un salto de la bicicleta y saludara a su nuera con una sonrisa y un beso ruidoso. En el salón estaba Mario, pasando canales de la televisión como un autómata y con una tripa que ya le asomaba por debajo de la camiseta.

Hola, ciclista –dijo Mario a su padre sin apartar la vista de la pantalla.

Era la viva estampa del aburrimiento… o la depresión.

Tienes el jardín hecho un desastre.

No tiene importancia.

Lo sé, hijo. En realidad, nada es importante, o todo lo es.

Mario puso cara de no entender.

Es cierto que las ilusiones de la juventud se van desvaneciendo conforme avanzamos– continuó el padre–. Los sueños van perdiendo su secreto a medida que los vamos consiguiendo, o si fallamos al conquistarlos y los consideramos imposibles. Y los cuarenta y tantos son la edad en la que uno más puede tener esa sensación. Pero, al final, la vida es una: ¡no hay más! No queda más remedio que elegir entre que nada es importante o que al menos algo es importante. Da igual lo que sea: el deporte, la cocina, el tango o reparar muebles viejos. Si nada te parece importante, actúa como si lo fuera: explora ese mundo, apréndelo, vívelo, mejóralo y enséñalo. Acabarás amándolo y amando tu vida. Ahora, hazte el favor de levantarte y de decidir que ahí fuera existe para ti «algo importante».

Dany Campos


Realizador, guionista y consultor de
guión

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