Dicen que las almas gemelas pululan en la tierra, que no almacenan encuentros sino sentidos, que se hacen duras al destino, que procrean historias donde hallarse y las hacen realidad, recorren sus puntos equidistantes sin temor a encontrarse, un día cualquiera y a una hora escrita con letras que nunca se acaban.

Laura y yo, nos moríamos con el tiempo, entrelazados en el metro, intentando solapar con mentiras y engaños, sexo salvaje y romanticismos que habían enviudado de días mejores. Vagábamos en el metro, línea 2, destino Banco de España, otra vez en el Thyssen, otra vez los impresionistas, esta vez norteamericanos. Como siempre nosotros y la rutina que nos había embargado las cuentas en números entre rojos y malvas.

Y frente a mi mirada, ella, ojos multicolores que hubieran hecho agonizar el arco iris, mente despejada, pelo azabache, sonrisa profunda, envidia para el infinito y manos bañadas a duras penas por el tiempo.

Como un fotograma perverso, me quedé anclado en ella, no era un flechazo, un momento, un instante, sino un universo, imposible de idealizar para la mente mas creativa.

Salí con Laura, del Museo sobre las dos, su cartera ya no estaba, había sido pasto de un vulgar carterista. Volvimos a la entrada , a la oficina de información.

Había cola, era el día del loco para el guarda de seguridad, por supuesto no había nada. Nos comentó que miráramos en las papeleras, suelen dejarlas allí, después de coger lo que les interesa, nos dijo el segurata, repetitivo como el día de la marmota.

Nos pasamos unas horas buscando entre todas las paradas, no encontramos la de Laura, pero sí la de Verónica, la mirada multicolor del vagón. Casualidad o destino, solo sé que me provocó una sonrisa, que ahogaba mis venas, se recreaba mi líbido y mis ojos se bañaban de una sonrisa, casi olvidada, como si de un punto y aparte en el destino, como una hoja por llegar a sabiendas que estaba escrita.

La devolvimos en la entrada del metro, no sin antes, quedarme con el DNI de Verónica en el bolsillo de mis vaqueros.

Dos meses más tarde, volví a Madrid, excusa lo laboral, lo real es que quería encontrarla, sabía que tenía que estar, no me podía fallar mi intuición, el olor que despedía su alma, la hacía gemela de mis pasos.

Laura había desaparecido de mi vida, al regresar del viaje, igual que su cartera.

Me paré frente a su dirección, Calle Tetuán 15, 2ºD, buscaba un fantasma, un destino…ni lo sabía, ni me importaba. Dos Martinis, y una hora, duró la espera, pasó por delante del bar, una carpeta, pantalones vaqueros, camisa blanca, miró hacía dentro fugazmente, corría acelerada, bajo la tormenta.

No me paré a pensar, la seguí, no me preguntes porqué ni como, solo sé que dos segundos mas tarde, tenía sus ojos frente a mí, parada, como si toda la vida hubiera hecho lo mismo, me acerqué a sus labios, sin temor a que sus manos no me acariciaran, se acercó a mi rostro y sin apagar sus ojos, su DNI se cayó al suelo y la lluvia se encargó del resto.

-“Sabía que te volvería a ver- me dijo con voz entrecortada”.

Me acerqué a su boca, paseé por sus labios, una eternidad, un infinito tan efímero como aquel instante, mis manos, se volvieron locas, inquietas con ganas de llegar a todo su cuerpo, su camisa casi transparente por la lluvia, desaparecía por segundos, su sujetador negro, se enredaba entre mis dedos, sus labios mojados por las gotas, pasaban a los míos…solo sé que se puso la luna, amaneció y aún besaba su sombra.

Hace tres años, que la beso… como ayer.

Karlos. Crítico de cine.

Karlos. Crítico de cine.

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