Rita siempre se preguntó por qué un hombre tan especial como Jonás –tan guapo, culto e inteligente– se había enamorado de alguien tan poquita cosa como ella.

Se conocieron en una exposición colectiva de pintura, en la que Rita tenía colgadas dos obras entre las más de cuarenta que pertenecían a sus compañeros de academia. Jonás se interesó por ella y estuvieron hablando durante horas frente a sus cuadros. De todo menos de pintura. Intensamente. Mirándose a los ojos.

Dos meses después estaban compartiendo apartamento en un estado de absoluta embriaguez amorosa. Ciega, ni siquiera supo exactamente a qué se dedicaba él. Jonás convenció a Rita para seguir progresando en la pintura, y ella sentía una inspiración constante por el amor desmedido hacia ese ser perfecto. Él, con el consentimiento de Rita, iba destruyendo cada cuadro, argumentando que una verdadera artista no debe sentirse influida por su obra más inmadura.

Un día, Jonás desapareció. Sin más. Sin un adiós.

Rita no volvió a pintar –era literalmente incapaz sin el amor de Jonás–, ni siquiera a pensar en la pintura hasta que, años después, en un viaje de trabajo a Milán, entró por curiosidad en una galería. En la sala central se exponía la colección privada de una condesa griega. Se trataba de una serie de veinticinco cuadros –según el catálogo, de un artista fallecido desconocido– valorada en unos cincuenta millones de euros. Nada especialmente remarcable, si no se tratara de sus cuadros, los mismos que Jonás, supuestamente, había ido destruyendo.

Dany Campos.

Realizador, guionista y consultor de guión

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