Nos conocimos tras un recital de poesía. Su minifalda levitó de su asiento, y aquellos muslos irresistibles navegaron, sugerentes, por corrientes bravas, infinitas; hasta alcanzar el otro lado del río de mis deseos. Por fin, en el escenario de una obra que estaba por escribir, ella se acercó a saludar al poeta. Y el poeta era yo.

            Claudia, 15 años más joven y explosiva que yo, ya estaba casada por segunda vez y tenía una hija del primer matrimonio. Pero su pasión vivía fuera de casa. Su pasión por la literatura, las aventuras y la vida que nunca se atrevería a elegir en serio. Los sueños son más fáciles de cumplir cuando se experimentan como un juego, cuando sujetamos las cartas y sentimos su tórrido tacto, pero nunca terminamos de lanzarlas sobre el tapete.

            Noches después del recital, nos citamos para cenar en un restaurante íntimo. Luz acogedora, música en italiano, y sus ojos verdes reflejando una copa de vino.

            –Eres mi aventura favorita –llegó a decirme-, y eso que aún no la tengo.

            –La ventana está abierta y sin rejas, de igual forma que has salido por otras –le recordé.

Entonces dudó. Lo vi en el Universo, porque el Universo era ella. Dejó su copa sobre la mesa, e intentó recuperar su seguridad escapando de mi atracción con una picardía a la que aferrarse:

Me encanta cómo escribes… pero a tus poemas no me los puedo follar.

Todo el embrujo del bar fue bruscamente centrifugado por la palabra follar. O más exactamente: por el efecto que esa palabra tuvo sobre los clientes más cercanos. Una chica joven sonrió burlona y se puso colorada; un hombre entrado en carnes casi se atraganta con más carne de su plato; y un chico emparejado no pudo evitar mirar el escote de Claudia, mucho más valiente que ella en sí misma. En ese circo de estúpidos, de mentes adictas a los asuntos ajenos, tan sólo el camarero tuvo la delicadeza de actuar con naturalidad y servirnos más vino para ahuyentar las miradas. Se había ganado una propina.

Claudia, ajena a la estupidez humana, continuó, esta vez recobrando algo de su oculta valentía:

Fuera de bromas… Tengo que reconocer que me atraes más que nadie, pero me aterra dejar de jugar, o jugar de verdad. Esta noche me acostaría contigo, pero el miedo a enamorarme me puede. Así que te propongo un último juego, algo cobarde por mi parte, pero prometo cumplir si pierdo la apuesta. Perder me quitará un poco de responsabilidad y me sumará algo de decisión. Será, digamos, irremediable. Divertido –sonrió-. Y excitante…

Esto sólo puede ser efecto del vino… y por eso te creo. ¿En qué consiste el juego? –me interesé.

A ver… Tienes que escribir un poema nuevo… pero que deje totalmente indiferente a la gente, no como la palabra que he pronunciado antes. Tienes que ser más listo que la sociedad.

-¿Cómo? Pero ¿eso cómo se mide?

Antes de las 12 del mediodía, tienes que tener la poesía subida a Facebook. No importa la extensión, si quieres saber las bases del concurso. Si a las 12 de la noche no tiene ningún “me gusta”, seré toda tuya. Mañana es sábado, mi marido está en un congreso, y yo estaré sola en casa, esperando desnuda en la cama y con este vino. Camarero, ¿puede prepararme una botella para llevar? –dijo subiendo el volumen, y me volvió a mirar con un susurro-. Necesito acabar con esta frecuencia extremadamente elevada.

¿Qué frecuencia?

La de mis latidos.

Me besó en los labios, y la noche se la tragó tan lenta como la música que dejábamos atrás.

Mi casa, las sombras, mi soledad, se convertían en preguntas que me restaban tiempo. ¿Y si no se me ocurría nada? No podía fallar esta vez. Si el poema era bueno, recibiría premio, pero no el que yo deseaba. Si era muy bueno, quizá algunos envidiosos se abstuvieran de dar su aprobación cibernética; pero quienes estuvieran de buen humor soltarían el freno de su dedo y harían clic. Y si la publicación no tenía calidad, habría comentarios y algún gracioso le daría también a «me gusta» para seguir con la broma; o bien a alguien le daría pena, por favor no me queráis tanto que a veces perjudica. En realidad, siempre he preferido a la gente que me aprecia, porque el aprecio se origina en la corteza cerebral, mientras que el amor proviene del sistema límbico, mucho más irracional e injusto con sus destinatarios.

Cuando casi me dormía, tuve la idea: debía escribir algo que casi nadie entendiera, y que los pocos que descifraran el significado no estuvieran seguros del mismo. Debía ser muy astuto y ambiguo… Antes de caer dormido, abrí el bloc de notas de mi móvil y escribí una sola palabra para recordar: «Ambiguo».

Mi despertador luminoso acarició mis párpados al compás del verdadero Sol. Sonreí. Ya lo tenía. Esperé hasta las 11:59 (menos tiempo en la red, más probabilidades de ganar) para derrotar a la mañana justo antes de que muriera. Y publiqué:

«Desnuda junto al fuego.

La redundancia crepita».

Un micropoema bonito. Y difícil de entender. El fuego y el cuerpo desnudo constituían el par redundante: un cuerpo ardiente como el fuego, como los muslos de Claudia… Pero el lector no podía estar absolutamente seguro: ésa era la magia de la poesía.

Puse el móvil en silencio, quise abstraerme de todo y soñar con la noche de mi vida entre las sábanas de ella. Porque no podría haber notificaciones positivas, ninguna que me dijera: «sí, has ganado». Ninguna que significara un gol que me acercara a acertar una quiniela. Me tocaba esperar.

Pude comer pero no cenar. La noche era agradable pero yo aún no lo sabía. A las 23:00, los cero «me gusta» me hacían virtual ganador. Reactivé el sonido de mi smartphone para dejar de mirarlo, y me tragué una cerveza. Afeitado y duchado, me adentré en las calles sin dueño hasta salir a la suya. Eran las 23:59, sólo un minuto más y yo pulsaría el timbre…

Una notificación. Cruelmente tardía. Dado que yo no había publicado recientemente nada más, el tono específico del Facebook venía a decir algo así como: «que sí, que algún gilipollas te ha jodido la noche en el último minuto, como te pasa con las quinielas». Ya odiaba eternamente a esa persona aun sin saber quién era. Te odio tanto, y tú eres…

«A Claudia le gusta tu publicación».

A Claudia. Ella seguía acariciando sus cartas sin llegar a soltarlas. Me la había vuelto a jugar sin jugar. Ella, cobarde, había ganado la apuesta gracias a ser partícipe del experimento, una más en la muestra representativa de una sociedad enfermiza…

¿O no? ¿Acaso sería un guiño para indicar mi victoria? Si no me hacía trampas, podríamos seguir jugando juntos siempre, como niños rebeldes a los que el tiempo nunca sacó del jardín.

Recuperé la sonrisa, quizá sólo por unos minutos, pero elegí seguir soñando. Pulsé el timbre de Claudia. Aún había tiempo para descubrir si mis poemas se podían follar…

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Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

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