-Es que esta noche no tocaba juerga.

La frase era de Julia, le llegó por WhatsApp a Félix, y estaba coronada por una cabeza amarilla que guiñaba un ojo y sacaba la lengua, es decir: un emoticono. Y había sido precedida y anunciada por un breve pitido, que sacó bruscamente a Félix a la superficie del mundo real, desde la lectura de la novela que tenía entre manos. Tras leer el mensaje, tuvo que leer también el mensaje inmediatamente anterior para recordar qué le había preguntado él minutos antes, a las 22:57:

¿Tan pronto en casa?

Ah, claro, había visto la luz encendida en la habitación de Julia, situada en el edificio de enfrente, al otro lado del jardín que románticamente los separaba, o tal vez los unía.

De las 3 chicas con las que Félix salía últimamente, Julia era sin duda la más inteligente. ¿Para qué diablos necesitaba ella utilizar un emoticono? Diablos… La mente de él aún conservaba intacto el encanto de la novela que estaba leyendo, el de las viejas palabras, las oraciones encadenadas y la inspiración ancestral. Y sin darse cuenta -al menos al principio-, reanudó la conversación con ella sin teclear ningún emoticono. El experimento resultó en el regreso de la poesía al paisaje de su vocabulario: en lugar de enviar unos predecibles dientes apretados, cultivó sus propias palabras, sembró flores escritas y recolectó la complicidad de Julia, a quien hizo partícipe de su experimento, invitándola a ese juego de usar la mente y no los emoticonos. La ascendió, por tanto, de cobaya a investigadora, y sintieron cuán especiales eran y cuánto lo habían olvidado. Era como volver al chat original, al de tantos años atrás, donde había que destacar con ideas originales para no ser uno más. A aquella época perdida en que eso, ser uno más, no era lo que se llevaba, aunque sólo fuera porque lo cantara Antonio Vega en “El sitio de mi recreo”: “Poco o nada cuesta ser uno más”…

Tras una cálida despedida de Julia, Félix ignoró los mensajes de sus otras 2 chicas y puso su móvil en silencio. Terminó de leer otro capítulo de la novela, cerró el libro y abrió, a la par, una botella de vino y su ordenador portátil. Julia estaría al llegar, para brindar por los viejos tiempos que aún no habían compartido. Pero antes, su improvisado anfitrión tuvo tiempo para escribir, por fin, un nuevo microrrelato. Para regalar palabras al mundo exterior desde su universo más íntimo. Cuando sonó el timbre, tan sólo le faltaba un detalle: poner título al cuento; quizá Julia podría ayudarlo… Una cosa tenía clara: su nuevo relato no se iba a titular Emoticonos

 

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

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