Ángel decidió dejarse ver por una de las terrazas de moda de la ciudad en busca de un golpe de suerte. Su divorcio –firmado dos meses atrás– fue producto del desencanto emanado de la rutina de un matrimonio con hijos, situación que le hacía sentir como si cumpliera años cada vez que se miraba al espejo. Pero eso acabó; ahora estaba ahí, solo, con su camisa negra de lino abierta hasta mitad de esternón, armado con un mojito y escrutando con la mirada a todo bicho viviente que se cruzara.

Un golpe de suerte para que una chica le aguantara la mirada y volviera a hacerle sentir lo que era: un chaval irresistible, interesante y –no menos importante– con pasta. Siendo así, el golpe de suerte no necesitaba ser muy grande; sería sólo cuestión de tiempo que apareciera algún bellezón que quisiera compartir un segundo mojito con él. Unos minutos. Puede que una hora o dos.

Sin embargo, cinco horas después la claridad del amanecer anunciaba el fin de la fiesta y no había ocurrido nada.

Nada.

De camino a su apartamento se paró frente a un escaparate y vio al Ángel de verdad. Percibió que, efectivamente, había cumplido años criando a dos hombrecillos y echando de menos al tipo atractivo que enamoró a su ex mujer. Ya no era ése. Ahora era un iluso desgraciado y desubicado que por un momento se pensó inmortal y que, con un golpe de suerte, podría seguir bebiendo del néctar de los dioses.

Dany Campos. Guionista y Realizador

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