Cuando el barco apareció entre ella y el horizonte, Míriam casi no recordaba su propio nombre. Habían pasado semanas sin pronunciar palabras; sin probar la carne, el sexo o el alcohol. Sin ver a nadie.

Probablemente la habrían dado ya por muerta, unas lunas después de que cayera por la borda aquella noche tan oscura. Estúpido crucero de negocios… Su jefe la había mandado a coquetear con posibles clientes de su agencia publicitaria, y ella no tuvo el valor para negarse.

Mejor me lo explica en mi camerino, ¿no cree? –había sugerido aquel baboso en cubierta, posible cliente pero baboso. Y ella se había negado a ello -ahora sí-. La posterior mueca de ese hombre podía desembocar en el despido de Míriam, puesto que el jefe se preocupaba por informarse de todos los pasos que ella daba. Había tantas chicas atractivas suspirando por su puesto…. Presa de la ansiedad, apuró la quinta copa de cava, se asomó al infinito y cayó al mar cuando nadie la veía. El resto, la auténtica pesadilla, fue gritar en balde a un barco que se alejaba rápido, flotar, nadar durante horas, alcanzar una isla sin fuerzas para amanecer. Y alimentarse de frutas, recoger agua de lluvia, aprender a pescar, y fabricar un refugio de esperanza con fecha de caducidad.

Y ahora, entre palmeras, podía contemplar esa embarcación avanzando tan cerca y tan despacio… Estaba salvada; sólo tenía que correr unos metros, tirarse al agua y pedir socorro.

Al compás de sus primeros pasos, pensó en todas las cosas que podría hacer de vuelta a su ciudad. Para empezar, se pasaría por su oficina y le diría a su jefe que la dignidad no se vende, que ya la encontraría en otra parte, pero nunca más la buscaría en esa empresa machista. A continuación, acudiría a su bar favorito, mucho menos elegante que los de sus cenas de negocios, pero donde servían esas patatas bravas que la volvían loca. Y las acompañaría de un inmenso tanque de cerveza. Por último, llegaría a casa, donde encontraría a su marido, ese ser ambicioso para quien sólo importaban las apariencias y el dinero. Ese ser que por las mañanas se disfrazaba con una sobria corbata, y le exigía a Míriam que vistiera con minifalda para no perder clientes. Ese ser, su jefe y su marido a la par.

Y ella le diría que ahí tampoco estaba su dignidad, haría las maletas y se largaría de allí, con la única idea y determinación de huir muy lejos, donde nadie pudiera seguirla ni humillarla, donde no existieran las prisas ni el miedo a llorar a tiempo. Tendría que liberarse, tendría que escapar… ¿a una isla desierta?

La última palmera sobre la arena, antes de alcanzar la orilla, le sirvió de escudo para ocultarse del barco. Mientras las olas daban fe y visto bueno, la vida desierta agonizaba en cualquier ciudad.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

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Fotografía de Javier Martín fotógrafo.

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