El salón recreativo estaba casi vacío aquella mañana de sábado. Tan sólo disponía de una gran moneda de 25 pesetas, y decidí invertirla en mi videojuego favorito: Space Panic.

Mi yo virtual era un inocente y débil personaje de cabeza blanca, sin rasgos, inexpresivo, sin músculos ni superpoderes; y con sólo una herramienta para defenderse: su pala. Antes de que se agotara el oxígeno – y su cabecita se tornara roja hasta morir asfixiado-, debía subir y bajar escaleras, y cavar agujeros en los que cayeran los peligrosos alienígenas: primero sólo había tropas, unos monstruitos de color rojo con antenas amarillas; pero en niveles superiores aparecían también el jefe -una especie de antifaz verde que miraba amenazante- y el general- algo parecido a un cangrejo blanco que corría a gran velocidad-.

Entre nivel y nivel, la pantalla quedaba en negro, casi por completo. Y así pude descubrirla mejor a ella, a esa presencia femenina a la que sólo había percibido de reojo. Entonces, contemplando la oscuridad de la pantalla -que hacía las funciones de espejo-, pude ver sus ojos reflejados. Mirándome a mí directamente, pero sin saber que yo la veía a ella. Y supe que ésa era la esencia, la única manera de poder valorar la verdadera calidez de una mirada: cuando la misma no se sabe observada. Me contemplaba con admiración, creyendo que lo hacía en secreto, y por tanto volcando toda su sinceridad sin reparo ni vergüenza. Era ella, la mirada infinita.

Llevo 30 años buscándola, pero nunca la volví a encontrar. Y no me refiero a aquella niña, sino a aquella mirada. Podría estar en cualquier persona, pero todos miran de frente. Lo que parece el acto más valiente resulta ser el más artificial. Los vendedores, camareros, compañeros… la gente. Siempre miran a los ojos, sonriendo, ofreciendo su presunta confianza; pero a mí me producen, me hacen sufrir, Space Panic. Miedo al espacio donde habitan todos esos seres: tropas, jefes, generales. Pero ahora en el mundo real.

Como aún me queda oxígeno, sigo cavando agujeros por los que huir de esta farsa, con la mínima esperanza de encontrar una salida antes de ponerme colorado. Y siempre miro en los espejos de los baños, en los cristales y lunas de escaparates, ventanas de autobuses. Por si alguna vez aparece ella, la mirada infinita. Mirándome sin saberse vista, y deslumbrada por este débil personaje perdido en la oscuridad: aquel niño que sólo pretendía escapar con 25 pesetas.

Microrrelato basado en mi canción «Mirada infinita». Para escucharla pulsa Aquí 

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Pedro J. Martínez. Bioquímico. Cantautor y escritor.

Visita mi canal pinchando AQUÍ

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestShare on TumblrShare on LinkedInEmail this to someone