No de páginas: 288 – PVP: 19,50 €

Nosotras que lo quisimos todo

Beatriz Quirós Álvarez es directora de compras de una empresa multinacional de lencería. Tiene treinta y tantos años, está casada con Gonzalo, un dentista que ha heredado de su padre una cadena de clínicas dentales, y tiene dos hijos pequeños, Gonzalito y Jaime. Es una profesional muy dedicada a su trabajo y muy valorada dentro de la empresa; también es una madre amantísima y una esposa que sigue enamorada de su marido.

Naturalmente, su triple papel de profesional, esposa y madre tiene su contrapartida: Beatriz vive completamente estresada. Sus días son agotadores y la conciliación familiar, algo que simplemente no existe. Las cosas se complican aún más cuando sus jefes le proponen un ascenso, un nuevo proyecto que, de aceptarlo, la llevaría nada menos que a Hong Kong. Sumida en un mar de dudas y a la espera de plantear el tema a su marido, inicia por su cuenta una investigación sobre la conciliación de la vida familiar y laboral con la esperanza de que los hallazgos y las conclusiones que extraiga de ella le ayuden a tomar una decisión. Y empieza a profundizar en los motivos por los que las mujeres del siglo XXI vivimos –por utilizar sus mismas palabras‐ un gran timo en el que estamos atrapadas por multitud de hilos, unos más visibles que otros.

El tiempo pasa sin que se decida a tomar una decisión sobre su traslado a Hong Kong. Y además, aún tiene que plantear la cuestión a su marido, cosa que finalmente hace. Él se pronuncia: en caso de que decida aceptar la oferta, no la acompañará. Se irá sola. Bueno, sola no. Él da por sentado que los dos niños se irán también con ella, añadiendo que no quiere ser obstáculo para su carrera y que respetará su decisión.

Esto no hace sino aumentar las dudas y cavilaciones de Beatriz. Y, también, su enfado y rebeldía ante la certeza de que todo sería infinitamente más sencillo en el caso de que el receptor de una oferta semejante fuese del género masculino. Paralelamente, la investigación sobre “el gran timo” prosigue, revelando una interesante realidad sobre la vida de las mujeres. El enamoramiento, el noviazgo, la maternidad, la conciliación, la culpa y las diferencias entre ellas y ellos son algunos de los temas objeto de reflexión y debate. Todo ello devuelve a nuestra protagonista el mapa perfecto de una sociedad, la nuestra, que sigue poniéndoselo bastante difícil a las mujeres. Un mapa sobre el que ella planeará su estrategia.

En medio de tremendas presiones personales y profesionales, Beatriz decide finalmente tomar las riendas de la situación y pasar a la acción mediante un plan suyo, el plan C, ese que conseguirá hacerle dueña de su destino sin renunciar a todo aquello que de verdad le importa. Porque –ese es el mensaje‐ el plan C existe y es posible llevarlo a cabo, no solo para la protagonista: en la vida de todas y cada una de nosotras puede haber un plan C.

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La novela: dos por uno

Nosotras que lo quisimos todo es una historia llena de humor e ironía que relata un episodio decisivo en la biografía de una mujer de nuestro tiempo. Una de nosotras que, como muchas otras heroínas anónimas, persigue sus objetivos profesionales sin renunciar a su otra vida, la íntima y personal, a pesar de la casi imposibilidad de conciliar una y otra. O al revés, que tanto da: persigue la preservación de su vida personal y familiar sin renunciar a sus sueños y ambiciones, a pesar de las dificultades que surgen por todas partes. Beatriz es, pues, una luchadora nata –una curranta, que diría ella‐ que, consciente de la trampa en la que está metida, no se resigna a darse por vencida y sigue peleando para poder vivir de acuerdo a sus convicciones y a su manera de estar en el mundo.

La novela combina el delirante relato de su vida familiar y laboral con impactantes datos y comentarios sobre diversos aspectos del mundo femenino, a los que Beatriz tiene acceso gracias a la investigación que ella decide iniciar a raíz de la oferta de su empresa para dirigir el proyecto en Hong Kong. Para ello, se pone en contacto con algunas expertas que le proporcionan la información necesaria. La narración enlaza, pues, de manera totalmente fluida, con anécdotas, iniciativas, costumbres, obras y hechos de mujeres de muy diversos países y ambientes. El resultado es un divertido e interesante retrato, maravillosamente documentado, de la vida que nos ha tocado vivir en este comienzo de siglo, con el que cualquier mujer se identificará desde el primer instante.

El timo, ellas, ellos, la culpa y otras cuestiones (candentes)

La riqueza de temas de la novela está, por tanto, servida a partir de las primeras páginas. Estas son algunas de las cuestiones que plantea (y a las que la autora da su particular respuesta).

El timo. Nuestras madres y nuestras abuelas no tenían que ser varias mujeres en una. Pero a las hijas y a las nietas de esas mujeres nos ha tocado desempeñar varios papeles a tiempo completo y sin remuneración extra. Y nadie nos advirtió de ello. De modo que vivimos como vivimos, siempre deprisa y agobiadas.

Nadie corrigió la duración de los días, ni la cronología de una hora. Nadie habla de que viviendo deprisa se vive menos y, al final, nos encontramos desposeídas de lo único que nos pertenecía: nuestra flamante liberación. Nos hemos condenado solas. La liberación nos ha hecho insatisfechas o quizá fue al contrario: porque estábamos insatisfechas quisimos liberarnos. Sí, ha merecido la pena —vivíamos peor con Franco—, pero también reconozco que alguna vez he pensado: ¿qué tipo de broma es esta? ¡Vaya timo! [Página 20].

Enamoramiento. Según la protagonista, se trata de un estado transitorio en el que se fábula, tanto acerca de uno mismo como sobre la otra persona, sin ser consciente de ello.

Con el tiempo he aprendido algo que todas las mujeres deberíamos tener muy claro para no decepcionarnos (más de la cuenta): el enamoramiento provoca una distorsión de la realidad y no debemos culparnos si, pasados los años, descubrimos que al tipo ante el que caíamos rendidamente enamoradas le huelen los pies. La realidad es que también le olían la primera noche, pero la naturaleza hizo su trabajo para que pasáramos por alto semejante detalle. Tampoco deberíamos culparnos —¿o quizá debería decir decepcionarnos?—. Nos pasa a todas. La propia Michelle Obama, en un intento desesperado por humanizar a su marido en la precampaña de las presidenciales de 2012, confesaba que Barack ronca. [Página 32].

Maternidad. Cuando tienes un hijo es cuando sientes que empiezas a echar un pulso definitivo a la vida. En realidad, se trata de una bienvenida al mundo de la gran renuncia.

Cuando nació Gonzalo, yo ya tenía amigas con hijos, algunas incluso con muchos hijos. Sabía (o debía saber) lo que significaba instalarse en la gran renuncia y vivir en un agobio permanente porque ellas, como yo ahora, se dejaban los días en una oficina al tiempo que se dejaban las noches a los pies de una cuna y los fines de semana en los parques y/o en los cines y/o en los centros comerciales. Pero a mí, superdirectiva ya por aquel entonces de mi querida multinacional de bragas y sujetadores, no me iba a pasar. Con un ridículo gesto de arrogancia, yo me repetía ante el espejo:

—Imposible, Beatriz. Eso que cuentan a ti no te pasará. ¡Vamos, que si no dejas de fumar es porque no quieres! Por favor, tú, que has llegado donde has llegado con el sudor de tu frente… ¡Podrás con todo, Beatriz! Se puede con todo.

Me regocijaba pensando que por fin había llegado el momento de demostrar al mundo que yo era esa mujer del siglo XXI capacitada para trabajar como un tío, amar como una adolescente y educar como mi madre.

Ahora me río, claro. Me río ante el mismo espejo que atestiguó el crecimiento de mi barriga y mis caderas y mis tobillos. El mismo que me vio vestirme dos camisetas sobre dos sujetadores para sostener el peso de mis pechos. Esos, sí, que ya nunca más han resistido la prueba del boli. [Páginas 34‐35].

Embarazo. Hay mujeres que viven en este periodo un estado de plenitud (ese, desgraciadamente, no fue el caso de nuestra protagonista). Ella opina que la práctica actual ha convertido la gestación en una larga enumeración de abstenciones y deberes. Los nueve meses de embarazo –en realidad, diez, puntualiza ‐ son hoy una pura exigencia que puede enmascarar la posibilidad de vivir la parte más dulce de esta experiencia.

Así que, por si no tuviera bastante con dejar de fumar, con andar, nadar, sentarme recta, medir la temperatura del agua, abandonar la ingesta de jamón e ibuprofeno, comer kiwis, masajearme la tripa con cremas antiestrías, cambiar de dentífrico y de cepillo dental, un buen día me topé con mi matrona, que me preguntó:

—¿Estarás preparándote los pezones para la lactancia, no?

En sí misma la pregunta es de profesor de colegio: ¿habrás traído la escuadra y el cartabón, no?

Me planteé quitarme el sujetador y que fuera ella misma la que certificara la viabilidad de mis senos para semejante labor que sólo la mujer puede hacer. ¡Jamás había reparado en mis pezones! Y mucho menos había pensado en cuidarlos con vitamina A para que no se agrietaran. Por supuesto, supe ver a tiempo el riesgo real de que la matrona me denunciara a los Servicios Sociales y ni se me ocurrió mencionar la remota posibilidad de olvidarme del aceite de almendra y pasar sin más miramientos a la lección de los tipos de biberón. [Página 41].

Conciliación. Sigue siendo muy, muy difícil, a pesar de los supuestos avances.
Yo, como tantas otras mujeres, confié (demasiado) en mi tiempo, me creí a pies juntillas todo el rollo de que a la igualdad de oportunidades la acompaña la igualdad de sacrificios y piqué, creyendo (¡oh, innata ingenuidad!) que podría con todo sin que se resintiera mi carrera profesional. Ahora me desternillo. Por no llorar, claro. O por no asaltar el bote de chucherías que tengo a exactamente quince centímetros de mi mano derecha, justo al lado de la pantalla del ordenador. Asumámoslo: tenemos un problema. [Página 47].

[En Finlandia. Noruega. Suecia]. A la hora de los parques los padres han terminado sus jornadas laborables sí o sí. Allí está mal visto quedarse hasta las ocho de la noche en la oficina. Al contrario que en nuestra querida España, un tipo al que le dan las tantas trabajando es un inútil en potencia o un inútil consumado. No se valora. ¡Al revés! Se censura. ¡Muy mal! Y si lo hacen, sus jefes pensarán que no les da la cabeza para hacer su trabajo en las horas estipuladas para ello y serán carne de despido. Aquí, en cambio, nos encanta calentar la silla. Si sales a las diez de la noche eres un tipo genial, que se lo curra más que la media. Carne de ascenso. [Página 193].

El por qué de los hijos únicos. Esta opción, cada vez más extendida en España, contribuye a que la natalidad prosiga su incesante línea descendente (que lleva ya décadas). Beatriz lo explica desde su óptica.

No hace falta mucho esfuerzo, tan sólo una consulta a Wikipedia, para descubrir que muchas top women son top women de un solo hijo. Un ejemplo: las ministras del primer Gobierno paritario de nuestro país presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Todas tenían como mucho un hijo o ¡ninguno! Y la mayoría, o estaban solteras, o ya se habían divorciado. Ellos, en cambio, eran padres de varias criaturas y seguían casados.

Si se trataba de un plan oculto para controlar la natalidad, el Gobierno había dado en el centro de la diana colocando, quizá sin reparar en el detalle, a mujeres que entendieron que madres hay muchas, pero ministras, pocas. ¿Acabaremos extinguiéndonos? Suena como suena. [Página 52].

Perfeccionismo. Las mujeres no solo lo quieren todo, sino que quieren que ese “todo” esté, además, perfecto. Algo que, según la protagonista, habría que volver a replantearse. Ella propone abandonar eso de que las mujeres sean el más estricto juez de sí mismas. Estas son algunas de las elucubraciones que Beatriz se hace para sí misma en un momento dado del relato.

Los hombres (…) tienen las cosas más claras porque históricamente nadie les ha colocado en la disyuntiva de elegir. Recuerda lo que te dijo tu fisioterapeuta, un tipo al que, por cierto, ves menos de lo que te gustaría:

—Os coméis demasiado la cabeza con todo. Dejad que las cosas fluyan. ¡Es que queréis ser mujeres diez y no se puede con todo!
Por eso vengo a verte, chato: ¿Qué sería de tu negocio si nosotras siguiéramos en casa pasando la mopa? (…)

Quizá ha llegado el momento de decir que no se puede con todo al cien por cien de perfección. O que no pasa nada si no hacemos todo como nos lo autoimponemos o como nos lo han impuesto o como el mundo espera que lo hagamos. Lo importante (lo más importante) es que no tiremos la toalla. [Página 54].

Ayudas en casa. En el transcurso de su investigación, la protagonista descubre que estas varían mucho de unos países a otros, incluso dentro de Europa. Suiza y Finlandia, por ejemplo, son de los países más avanzados en esta cuestión. En España, las cosas siguen siendo de otra manera.

—Si es que nuestra sociedad está mal organizada por abajo —dije—. Este temita de la ayuda en casa no está en la agenda política. Como siempre han mandado los hombres, nunca le han dado la importancia que en realidad tiene. No han considerado que la familia puede ser —es, en realidad— un sector productivo que da empleo. Si lo entendieran así, las familias serían microempresas engarzadas en la cadena generadora de riqueza. Si la mujer está de verdad liberada de ciertas cargas domésticas, podrá incorporarse a la vida laboral. Es bastante sencillo de entender. [Página 63].

Mujeres contra mujeres. En más ocasiones de las que serían deseables, las mujeres atacan a sus propias congéneres en lugar de guardar un respetuoso silencio ante los hechos y las decisiones. Beatriz se pregunta por los incomprensibles motivos que puede haber detrás y relata una anécdota.

En una ocasión, la ex secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, contó que, cuando empezó su carrera, había mujeres que le preguntaban: «Madeleine, ¿no van a sufrir tus hijos porque tú no estás?». —Tenemos por costumbre —continuaba Albright— hacernos sufrir mutuamente. Creo que «culpa» es el segundo nombre de cualquier mujer y no podemos atacarnos, ¡tenemos que ayudarnos! Mi lema es que existe un lugar en el infierno reservado para las mujeres que no se ayudan unas a otras”.

Las reflexiones de Albright deberían estar escritas en los accesos a los supermercados, los colegios, las guarderías, los parques e, incluso, en las puertas de los baños de las empresas. Yo me he apropiado de su lema y tengo una lista de potenciales inquilinas del infierno que para qué os voy a contar. [Página 85].

Convivir con la culpa. El hecho de sentirse continuamente culpable es una de las grandes cargas emocionales de la mujer actual. Beatriz cuenta su experiencia, muy parecida a la de muchas otras mujeres.

Yo recuerdo con absoluta viveza el día que me reincorporé al despacho tras el nacimiento de mi hijo Gonzalo. Llamé unas quince veces a Analiza para comprobar si el niño había tomado su biberón, si había hecho caca, cuántas veces y de qué color, si había expulsado bien los gases, si había dormido la siesta… A todo, Analiza contestó afirmativamente. Gonzalito se había comportado igual que si yo hubiera estado. Es decir, que la única que se comportaba de manera extraña era yo. Sólo yo me sentía distinta, rara, culpable. Aún siento mis lágrimas cargadas de culpa rodando por mi maquillaje deslucido después de toda la jornada de trabajo. (…) Entonces yo todavía creía que podía con todo y que el sentimiento terrible de culpa sólo era una arista más, hasta entonces desconocida, de mi diagnosticada ciclotimia en grado leve y controlable. Gonzalo decía que también se sentía mal por ver poco al bebé, pero sentirse mal no es sentirse culpable. Así que poco a poco aprendí a convivir con culpa y a aceptar que culpa no tiene cura. [Página 86].

Mujeres ilustres para una novela

Tomando como motivo la investigación de su personaje, Sonsoles Ónega reproduce, casi a modo de reportaje, diversos diálogos y contactos mantenidos con mujeres reales que destacan por su actividad profesional o por su experiencia en diversos campos. Sus opiniones y experiencias se incorporan con toda naturalidad al relato y son un elemento más de autenticidad para una narración ya por sí misma repleta de realismo. Tal es el caso de la socióloga Teresa Torns y su teoría de la sociedad familista; de la jurista María Emilia Casas, quien cuenta su experiencia profesional y personal en una época aún más difícil que la presente para la mujer trabajadora; o de la experta en la promoción laboral de la mujer, Eva Levy.

Ónega también cita a destacadas mujeres a nivel internacional, como la periodista norteamericana Carol Abaya, la mayor especialista en la llamada generación sandwich; la economista Christine Larroudé, autora de un interesante estudio sobre las mujeres que han alcanzado el éxito en su carrera; la emprendedora china Zhang Yin, que ha conseguido ser la china más rica del mundo con su negocio de cajas de cartón; Louann Brizendine, neuropsiquiatra norteamericana autora de El cerebro femenino; Sheryl Sandberg, directora de Facebook y autora del célebre libro Lean In, en el que habla de mujeres, trabajo y liderazgo; o la feminista y escritora Betty Friedan. También cita a algunos hombres notables, como el filósofo Zygmunt Bauman y su interesante obra Amor líquido.

Estilo

La lectura de Nosotras que lo quisimos todo es una auténtica fiesta. Es el relato de una mujer cercana –un buen porcentaje de mujeres podrían ser Beatriz o tener una amiga como ella‐ que cuenta su historia de una manera franca, directa, abierta. Beatriz es rebelde y valiente; incluso puede ser desafiante y polémica. Por otro lado, es muy humana: tiene tendencia a interrumpir, a veces habla sin parar y, a pesar de su inteligencia manifiesta, en ocasiones mete la pata. Y siempre termina recurriendo al humor, que es una de las señas de identidad de la novela. La protagonista se ríe de sí misma, pero también de ese mundo a menudo tan hostil, al que conjura provocando una sonrisa que en algunas ocasiones se convierte en carcajada.

La suya es una historia vibrante que encierra un mensaje potente: toda mujer puede luchar por sus sueños, aunque para eso tenga que romper esquemas y poner el mundo (y su mundo) patas arriba. Pero para eso hay que ser valiente y creativa, atreviéndose a buscar una manera propia de hacer las cosas en un entorno que, de entrada, no se lo pone fácil.

El lenguaje, cercano y coloquial, conecta desde las primeras páginas con las lectoras, quienes harán una identificación inmediata, vivencial y emocional, con esta heroína moderna que recuerda en no pocos aspectos a una Bridget Jones rabiosamente actual y situada en un contexto y un entorno mucho más próximos.

Nosotras que lo quisimos todo –título que, por cierto, tiene reminiscencias de un conocido bolero‐ es una novela que más que proponer un monólogo, establece un diálogo con sus lectores, a los que apela, interpela, explica, cuenta, hace confidencias y termina convirtiendo, las más de las veces, en cómplices manifiestos. Beatriz está hecha de la misma pasta que esa amiga que todos tenemos, inteligente, ingeniosa y divertida, con la que siempre te mueres de risa.

La autora

Sonsoles Onega nació en Madrid, en 1977. Periodista, licenciada por la Universidad San Pablo CEU de Madrid, ha trabajado en CNN+ y Noticias Cuatro y actualmente es corresponsal parlamentaria de Informativos Telecinco. Ha publicado tres novelas: Calle Habana (Premio Letras de Novela Corta), Donde Dios no estuvo y Encuentro en Bonaval.

http://sonsolesonega.com/

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