Brodway ( Nueva York) es una de las calles más conocidas del mundo, pero en realidad no es una calle… es una carretera. Hay unos 30 kilómetros que se extienden más allá de la isla de Manhattan, otros 3 que pertenecen al Bronx y sólo los 21 que terminan en el East River pertenecen propiamente a Manhattan, con un tramo convertido en esa sinuosa avenida que primero baja paralela a Central Park para posteriormente serpentear por el Downtown hasta perderse en el Battery, el extremo inferior de la isla.

El origen de Broadway está profundamente enraizado con la historia de la propia isla ya que en su origen era la principal vía de comunicación norte-sur de lo que los holandeses que allí se establecieron bautizaron inicialmente como Nueva Amsterdam.

A muchos les extraña precisamente el casi indómito recorrido de Broadway a través de la perfecta retícula del centro de la isla, pero todo ello tiene una explicación bien sencilla además de unos efectos singulares que merecen la atención del visitante.

Por llevar Broadway un buen número de años preexistiendo a la urbanización de Nueva York, cuando llegó el momento de aplicar el plan de la Comisión Urbanizadora de 1811 que estableció el conocido sistema de avenidas longitudinales cortadas en perfecta cuadrícula por calles transversales, se respetó el trazado de lo que comenzó siendo carretera para convertirse en calle mientras a su alrededor comenzaban a crecer gigantes primero de madera, luego de piedra, más tarde hormigón y hoy acero y cristal.

De esta manera se entiende que Broadway, tomando dirección de norte a sur, empiece paralelo al río Hudson y en el extremo inferior de la isla gire caprichosamente cortando manzanas cuadradas y otorgándoles formas triangulares, hasta devenir en el East River, más allá de lo que cuando surgió esta vía era aún agua, hoy territorio ganado al río.

Una de las originales consecuencias de esa ruptura de la cuadrícula urbanística (o más bien de que esta se haya adaptado a la calle/carretera preexistente) tiene que ver con el que en su día (y todavía hoy) es uno de los edificios más reconocibles: el Flatiron, ubicado en el embudo que forma Broadway con la Quinta Avenida a la altura de la calle 23.

Otros espacios que deben su existencia a los encontronazos entre la cuadrícula y Broadway son plazas y jardines que cual resquicios en forma de cuña salpican el centro de la isla como Dante Park (frente al Lincoln Center), Madison Square Garden (no confundir con el espacio para múltiples eventos Madison Square Park), frente al Flatiron, Union Square Park.

Situándonos frente al conocido y afilado perfil de este edificio llamado así por su forma a modo de plancha de la ropa, disfrutaremos de un perfil casi único en el mundo que suscitó gran controversia en el momento de su construcción pues se pensaba que las corrientes de viento generadas en torno a su estilizada y angulosa figura terminarían resultando perjudiciales, algo que evidentemente jamás ha supuesto peligro ni amenaza.

Tras admirar esta indiscutible joya arquitectónica puede ser el momento más apropiado para reponer fuerzas. Nada como acceder, justo a nuestra derecha mientras miramos de frente al Flatiron, a un exuberante mercado gastronómico cuyo nombre hace un juego de palabras intraducible a base de mezclar la palabra inglesa “comer” con el nombre del país de la bota: Eataly.

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Carne, pescado, pasta, verdura, hortalizas, queso, especias… cualquier cosa que alguna vez haya formado parte de alguna receta italiana puede encontrarse en el excepcionalmente bien surtido despliegue de puestos que alberga. Y lo que es mejor, podemos comprar productos para llevarnos a casa (o al hotel) donde prepararlos o consumirlos sin más… pero también podemos comer allí mismo.

Diversos espacios permiten comer a la carta o pedir que nos elaboren la comida con lo que nosotros mismos hemos adquirido. Cita ineludible para cualquier aficionado a la cocina, eso sí, aconsejable no visitarlo con el estómago vacío salvo caso de penitencia extrema.

Probablemente el punto de su extenso recorrido que ha dado fama mundial a Broadway, hasta hacerlo paradigma del espectáculo, es el tramo en torno a Times Square. Entre las calles 42 y 47 se convirtió en calle peatonal desde 2009, ganándose un espacio privilegiado en pleno corazón de Manhattan (para algunos, esa zona es el centro del mundo occidental) con una vorágine de teatros, salas de espectáculos, establecimientos comerciales, restaurantes… permanentemente abiertos, permanentemente repletos de público, permanentemente iluminados.

Tan importantes eran los grandes espectáculos (musicales, multitudinarios estrenos de superproducciones cinematográficas…) que en su momento se ofrecían en esa área que la zona circundante con teatros más pequeños, menos repletos de público y donde se representaban las producciones independientes y/o de arte y ensayo pasaron a conocerse como Off Brodway, etiquetando a su vez casi a un género artístico contracorriente.

Continuamos bajando y llegamos al pleno corazón de NoLiTa (North of Little Italy) donde por si no hubiésemos recalado en Eataly o si ya quedase muy atrás en el tiempo el momento en que lo hicimos, es parada obligada el restaurante Balthazar, de exquisita y recomendable carta a precios muy razonables pero cuyo mayor atractivo reside en el exquisito trato y la decoración que nos remite a un pasado tres siglos atrás, a un Nueva York decimonónico decorado con el refinamiento que en aquella época provenía de la vieja Europa y que en este restaurante se han encargado de mantener.

Frente a Balthazar encontramos una sucursal de la tienda del MoMA. Estamos en la calle Spring, entre Lafayette y Broadway y si no tuvimos ocasión de visitar dicha tienda ahora tenemos la ocasión al menos de curiosear entra las originales muestras del diseño actual y, por supuesto, adquirir cuantos objetos de la más variada índole allí se venden. Puede ser un buen momento para buscar regalos originales y eminentemente neoyorquinos por si queremos agasajar a algún amigo o pariente que se quedó en casa… o simplemente darnos un capricho a nosotros mismos.

Se nos acaba la isla por la parte del sur y mientras continuamos bajando por Broadway ya vemos como a nuestra izquierda arranca el puente de Brooklyn, vía de acceso al barrio homónimo y sobre el que nos detendremos en otro momento.

Estamos ante el parque City Hall, sede del ayuntamiento de la ciudad rodeado de grandes edificios en dura pugna entre el poder político, económico (estamos justo en medio de Wall St. y el distrito financiero y la zona del World Trade Center), judicial (los tribunales bordean la plaza), comercial (uno de los más espectaculares rascacielos, Woolworth,  alberga unos grandes almacenes históricos de la ciudad)… y arquitectónico.

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Precisamente uno de los ejemplos de esa competencia entre grandes vendedores vendría del origen de gran comercio de Woolworth y el cercano (justo en la manzana siguiente en dirección a la Zona Cero) de Century 21st. Imprescindible no adentrarse en este complejo algo laberíntico de tiendas esencialmente de ropa donde podremos encontrar (con cierta desorganización tal vez en la estructura de secciones) desde lo más selecto a lo más asequible, sin que, por cierto, ambos términos sean contrapuestos.

No llega a ser un outlet de los que pululan en ciertas zonas de la cercana New Jersey (centros comerciales con espectaculares descuentos a los que incluso se organizan excursiones) pero primeras marcas a precios sorprendentes aguardan al visitante con ganas de llevarse mucho por poco.

En esta confluencia de calles se disputan el protagonismo viejos titanes de piedra y futuristas edificios de acero y cristal. Algunos tan recientes que no conocieron la cercana tragedia del 11 de septiembre de 2011 porque aún se encontraban en fase embrionaria.

Precisamente a la sombra de esa negra página se asoma a Broadway el recinto de la iglesia de San Pablo, un templo recoleto rodeado de un jardín repleto de lápidas de piedra que surgen del cuidado césped como desdentados vestigios de lo que el tiempo devoró y que a pesar de su antigüedad resistió los embates del terror que derrumbó los edificios cercanos, quedando casi sepultado entre escombros. Pero también dedicaremos el espacio merecido en otra ocasión a todo lo relacionado con la Zona Cero y el 11-S.

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Un poco más abajo tendremos la iglesia de la Trinidad, de nuevo y como sucede con la iglesia de San Pablo o la propia catedral de San Patricio, en plena Quinta Avenida, nos chocará encontrar templos con estilos anclados en siglos pretéritos rodeados de acero, hormigón y cristal, como supervivientes a la sombra de la gran ciudad.

Pasamos por detrás de la Bolsa de Nueva York y nos acercamos al final de esta auténtica espina dorsal de Manhattan. En el s. XVIII el último tramo de Broadway acababa en Wall St. llamada así (calle del Muro) por la muralla defensiva allí construida. Más allá hoy está el Battery, con el castillo Clinton, fortaleza defensiva, rodeado del distrito financiero donde se deciden el funcionamiento de la Economía del planeta.

El famoso toro de bronce, cuyas gónadas sufren un apreciable desgaste porque se cuenta que hay que frotarlas si se quiere regresar a Nueva York, parece amenazar a quien accediese a Manhattan desde el sur aunque también parece guardar el Museo Nacional de los Indios Americanos.

A unos metros encontramos un curioso edificio, perteneciente a la Autoridad Portuaria, que alberga sistemas de ventilación del cercano túnel de Brooklyn. La peculiaridad del edificio es que su exterior quedó para la posteridad como el cuartel general de los Men in Black en las películas homónimas.

Más allá se divisa la Estatua de la Libertad, que ilumina al mundo con su antorcha en medio del estuario donde se unen los ríos Hudson y East River y que si queremos ver de cerca sin tener que embarcarnos en alguno de los tour que rodean Manhattan disponemos de una opción: acceder al cercano embarcadero del ferry de Staten Island y, de forma gratuita cubrir el trayecto de unos 25 minutos sobre las aguas que separan las dos islas, Manhattan y Staten Island… y cuando lleguemos allí poco más queda que montarse en el siguiente ferry de vuelta desde el que divisar una imponente vista del skyline del sur de Nueva York.

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Por Antonio Rentero

Redactor de Inquirer, Director y presentador del programa “El hombre dos punto cero” en RomMurcia.

Crítico de cine en Onda Regional Murcia, La Opinión TV y Onda Cero

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