Así pues, ¿dice usted que proviene de la Antigua Grecia?. Parece una historia fascinante. ¿Sería tan amable de contármela?

–Será un auténtico placer. Verá, hace siglos, yo era un forjador de sueños, un creador de fábulas. Por ese motivo, nadie me creyó cuando conté que había visto a la mujer que cabalgaba sobre las estrellas. Era una noche clara, y yo buscaba inspiración en lasoledad de la montaña. Entonces apareció usted, encima de aquel fugaz astro, y me miró. Apenas fue una chispa, pero me enamoré irremediablemente. Desde aquel momento, seguí a través del tiempo el rastro verde que sus ojos trazaban en el firmamento. Atravesé desiertos, océanos y cordilleras durante centurias hasta que la encontré en lo más recóndito del Polo Sur. En aquel lugar, era la Emperatriz de las estrellas y un brillo verde bañaba la oscuridad. La Aurora, la llamaban. Entonces, loco de amor, cometí mi mayor error. Subí al pico más alto, y me lancé desesperado a por su abrazo. Fui un idiota. La hice caer; la herí. Por eso la he traído; tengo la esperanza de que puedan sanarla para que vuelva a su estrella.

Una mano se apoyó en el hombro del anciano.

Señor Gómez, ya está dormida. Debería dejarla descansar. Y usted también. Desde que ingresamos a su mujer, ha venido cada día.

El viejo sonrió a la enfermera, se incorporó pesadamente y besó a su esposa en la frente.

¿Sabe? A ella le encantaba leer. Reía mientras me decía que sustituía con los libros las aventuras que no pudo vivir –miró fijamente a la joven–. ¿Mañana no se acordará de nada, verdad?

Sabe usted que no –contestó la chica, apesadumbrada.

Perfecto –dijo él, mientras nacía una ligera sonrisa en su boca.

Por Raúl Gómez Lozano

Relato finalista del concurso “Cuéntanos tu historia de amor, sea real o ficticia”

 

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