Suena esa música que me recuerda momentos pasados, buenos y malos, con incertidumbres y éxitos pasajeros; y me doy cuenta, una vez más, de lo que suelo olvidar constantemente: Estamos de paso.

Contemplemos lo cotidiano. El dolor crece por doquier con guerras que todos perdemos, mientras conseguimos riquezas globales y mal repartidas que nos contaminan y nos dejan sin salud a casi todos por igual. Todo tiene un precio: el primero, el que concierne a la vida y la muerte, como si las pudiéramos manejar a nuestro antojo. El tiempo nos coloca en nuestro sitio, pero no nos damos cuenta hasta que llega ese preciso momento de la partida.

Digerimos, diariamente, asesinatos en las más de 30 guerras perennes a las que nos hemos condenado la Humanidad, aparte de las secuencias de otros empeños perniciosos, que también son cíclicos. Morimos un poco en vida al dejar que ocurran desastres en forma de disparos, de bombas, de pandemias evitables, de hambre, de sed… En pleno siglo XXI, las gentes mueren por falta de agua cuando está todo inventado para que este bien escaso se halle racionalizado y optimizado. Tampoco tiene justificación la insuficiencia de pan y de otros bienes indispensables.

Entretanto, siguen adelante las ruedas dentadas que nos curvan las espaldas y nos aniquilan los dedos, y también los cuerpos y las almas, y difuminan esas pequeñas esencias que han hecho grandes a los seres humanos: aludo a los espíritus que animan sus movimientos y sus actos. La capacidad inteligente de ver lo abstracto, de adelantarnos, de inventar, de amar, de ser con los demás, por ellos, se torna desazón por la entrega recurrente al destierro de los más bellos sentimientos en pro de lo urgente que es la defensa equivocada de tener más que de ser.

Suena la música de esos cánticos que soñaron con un mundo mejor, con la mujer o el hombre al que amábamos entre nostalgias y buenos anhelos, con triunfos compartidos en la cosecha que siempre está por plantar y recoger. Acontece con sus halos de impotencia, de podredumbre interna, de miradas que no ven, con silencios que nos rompen en pedazos que no podremos juntar. Nos devoran las circunstancias que nosotros mismos hemos impulsado.

Repetimos las situaciones

Y vuelvo a ver esa imagen repetida, pero única y excepcional a la vez, de esa madre que llora y padece, de ese niño reiterado, pero tan original como el Sol y la Luna, que llora apenado, fatigado, desgajado por ese destino que roba al que menos tiene para dar al que no sabe contar. Es verdad que el que no sabe contar no conoce el hecho de que todos acabamos por no saber, en la misma nada. Todo se acaba, o se muda. Por eso hay que aprovechar el talento cuando está, sin esperar más milagros que aquellos que nos concede la Divinidad cada día.

Por desgracia, la garganta se ahoga en las muertes evitables. Lloramos por las que tienen que suceder irremediablemente, por la Naturaleza misma, pero éstas a las que nos referimos, que son frutos del pasotismo y del dejar hacer, duelen y nos arrastran por una amargura que vence y derrota los ánimos más efervescentes. No sé qué nos sucede, pero sí sé que hemos roto demasiadas treguas con el Orden Ambiental, y eso nos pasará factura. El ser humano como medida de todas las cosas no lo es tanto: no lo demuestra al menos. No obstante, puede que aún estemos a tiempo de mejorar. Me suena esa música.

Juan Tomás Frutos

Juan TOMÁS FRUTOS.

Periodista.

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