Ya me ha vuelto a pasar. La sorpresa es menor, pero no deja de ser insólito, porque lo había dejado bien claro:

 – … Y te cuento esto para que lo sepas tú – le dije – pero no lo digas. No lo digas, porque no ganamos nada y es mejor que no lo sepa.

 ¿Se enteró? Ah sí, ¡vaya si se enteró!. La persona en cuestión tardó en enterarse menos de cinco minutos.

Y digo menos, con seguridad, porque cinco minutos exactos fue lo que tardé yo en saber que a la otra persona se lo habían dicho.

Ahora recibo estas noticias con elegancia y cierta calma, nada que ver con las primeras filtraciones de antaño, ¡qué va!

Entonces me enfadaba mucho y me alteraba por algo que no podía controlar, me enemistaba con el indiscreto/a y era cuestión de horas que se me pasase el disgusto.

Horas y horas, horas largas que parecían días. Ese tiempo que se puede mascar. Yo lo mascaba.

Uy, no, ahora no. Menos mal. Imaginaos que, de producirse esto con tanta frecuencia, habría quedado ya enemistada con todo quisqui.

 Cuando tú le dices a alguien: «no lo digas», ¿qué es lo que no se entiende?

Pues lo he estado analizando y el asunto es harto complejo como singular es el sujeto mismo.

Da la impresión de que pueda deberse a cierta carencia de filtros en el cerebelo, de tal modo que la información que reciben actúa como en una hoja de cálculo;

datos de entrada se transforman en datos de salida, la fórmula transformadora depende del sujeto analizado.

Una persona, digamos, «con filtro», se queda atónita ante el espectáculo que supone este rebuzno de información.

La sociedad actual premia, en ciertos ámbitos, a los indiscretos. Se han creado categorías que nos permitirían hoy hacer una clasificación: desde la gran masa de indiscreción homogénea

hasta llegar al «espía indiscreto», ese ser que ha hecho de la indiscreción todo un arte y que utiliza el filtro como le conviene porque la información es poder.

Aquí, sí ya, atención, que conforme nos acercamos al vértice de la pirámide, nos alejamos de la ingenuidad de la masa indiscreta que conforma su base.

 Y qué poca gracia tienen, ¿no?

 Al final, el que «no lo dices» eres tú, que callas. Ni se imaginan toda la información que se pierden; esa que jamás les confiarás porque sí, tú sí que tienes «filtro»

ElblogdeCynthiaport

Cynthia G.E

www.elblogdecynthia.com

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