Una de las maravillas de la ciudad de Nueva York tiene que ver con la facilidad para zambullirnos en un ambiente que sólo encontraríamos en un remoto rincón del mundo… y cruzando una calle encontrarnos en otro ámbito que geográficamente estaría ubicado a miles de kilómetros.

Es lo que sucede si traspasamos las fronteras ficticias de las calles Canal o Grand, puesto que pasaríamos de estar en China, como vimos en el capítulo anterior, a encontrarnos en Italia. Habremos cruzado un paso de cebra de 7.500 kilómetros en el tiempo que dura en verde un semáforo.

De una cultura milenaria pionera en la migración al nuevo continente como mano de obra semiesclavizada en ocasiones y con una presencia marginal hasta hace pocas décadas a ubicarnos en el núcleo de donde quedó situado en tiempos una casi minuciosa reconstrucción del lugar de origen de una nutrida comunidad italiana, principalmente napolitana, que adoptó el barrio hoy conocido como Little Italy como epicentro de su presencia en la ciudad.

También hay que reconocer que incluso en los primeros tiempos de presencia italiana en Nueva York la fama la llevaba esta pequeña zona del Bajo Manhattan pero la lana la cardaba el este de Harlem, conocido también como Italian Harlem. En esta última zona el precio de las viviendas permitía el acceso a la población más humilde mientras que Little Italy quedaba configurada como una zona más orientada al sector comercial. Curiosamente, y al igual que sucede con Chinatown, en la actualidad el paralelismo se mantiene aunque incluso con mayor intensidad en un sentido de concentración puesto que el barrio italiano del Bajo Manhattan ha visto progresivamente reducido su tamaño hasta algo casi testimonial donde apenas subsisten unos pocos negocios, principalmente relacionados con la hostelería.

A ello contribuyó tras la IIª Guerra Mundial el traslado de parte de la población italiana a otras zonas de la ciudad (Brooklyn, Staten Island) o incluso a las vecinas Long Island y New Jersey, lo que propició algo que geográficamente parecería increíble: que parte de Italia fuese invadida por la vecina China. Poco queda hoy de las 17 manzanas en las que se apiñaban 40.000 italianos, reducidos hoy en aquellas calles a apenas 5.000

Para el visitante actual de la Gran Manzana resulta una etapa imprescindible pasear por este puñado de calles que aún mantienen la esencia del antiguo hogar lejos del hogar que sin duda cae también en el tipismo. Hay que reconocer que como el adyacente barrio chino con el paso del tiempo la zona corre el riesgo de quedar configurado como un pequeño pseudoparque temático en pleno corazón de la ciudad, con una evolución que probablemente tienda a adaptarse al gusto del turista más que a representar una autenticidad que queda diluída por el paso del tiempo, pero mientras aún no cobren entrada queda una esperanza de poder pasear por unas cuantas calles que aún no parezcan (del todo) un decorado.

La fiesta de San Genaro en la Litte Italy en Nueva York

La fiesta de San Genaro en la Litte Italy en Nueva York

Siendo honestos en el resto de la ciudad de Nueva York, y especialmente en el protéico Manhattan, encontraremos restaurantes italianos donde el sabor de su cocina pueda ser superior a lo que pueda ofrecernos cualquier establecimiento de las calles de Little Italy, pero si hemos llegado hasta esta zona es para imbuirnos siquiera temporalmente en el recuerdo de lo que antaño fue el corazón transalpino no ya en la isla o en la ciudad sino en todo el continente, así que por un día olvidemos que habrá mejores artesanos de la pasta o el risotto en Nueva York y aventurémonos en el irrepetible entorno de una tradicional trattoria de Mulberry Street. En el caso de que nuestro paso por la zona no sea ni a la hora de la comida ni de la cena también podemos recurrir a los muy nutritivos bocadillos que encontraremos en un buen número de puestos donde degustar un sabroso tentempié con el que retomar fuerzas.

Y, por supuesto, no debemos olvidar que si Italia es el hogar de los espresso, los capuccino y la repostería, encontraremos en Little Italy un buen número de cafeterías en cuyas terrazas refugiarnos a media mañana, media tarde o primera hora de la noche. Si además queremos llevarnos a casa algo suculento no tanto en la propia Little Italy como en la zona que queda al norte, llamada convenientemente NoLiTa (acrónimo de Norte de Little Italy) encontraremos charcuterías y tiendas de quesos donde cualquier fantasía gastronómica parecerá posible para el amante del buen comer. Una parada obligada constituye Di Palo´s (en el 200 de Grand Street), una lechería donde elaboran queso de manera tradicional nada menos que desde 1910, con ristras de embutidos de delicioso aspecto colgados sobre el mostrador.

Precisamente esa cierta expansión del espíritu transalpino que se extiende por NoLiTa hace gala de un ambiente menos tradicional y típico para mostrar una vertiente más actual y especialmente relacionada con otro lugar común relacionado siempre con Italia: el estilo. Diseño de líneas clásicas y actuales que se deja ver en tiendas de ropa, accesorios, decoración…

Especialmente si tenemos la fortuna de llegar a Nueva York en septiembre es altamente recomendable recalar en Little Italy puesto que la encontraremos viviendo su fiesta grande, el Día de San Jenaro, once jorandas en los que el barrio se engalana y acoge la celebración del santo patrón de la ciudad de Nápoles, que como dijimos es el origen de la mayoría de los inmigrantes que llegaron aquí. Fue en 1926 cuando se convirtió en costumbre el ahora tradicional desfile por la calle Mulberry en el tramo que discurre entre las calles Canal y Houston, siendo esta otra de las calles emblemáticas de la ciudad por su carácter “fronterizo” pues da nombre a otra zona de la que hablaremos más adelante, el SoHo (por el acrónimo de South of Houston Street, zona al sur de la calle Houston).

Como curiosidad cinematográfica, en “El padrino II” el trasfondo de la persecución del joven Vito Corleone sobre los tejados de Little Italy era precisamente la celebración de la festividad de San Jenaro, dejando patente una vez más la estrecha relación de Nueva York y el Séptimo Arte.

antoniorenteroNYC

Por Antonio Rentero

Redactor de The Inquirer, Director y presentador del programa “El hombre dos punto cero” en RomMurcia.

Crítico de cine en Onda Regional Murcia, La Opinión TV y Onda Cero

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