“El matamendigos”

Amanecía Madrid en el año 1987 cuando, entre el frío y la neblina propia de la estación otoñal, se hizo patente el estupor que sorprendería a las autoridades y, más tarde, a la ciudadanía. El eco mediático no se hizo de esperar ante un suceso que alentaba al sobrecogimiento: la aparición del cuerpo de una mujer muerta, sin cabeza y calcinada en el interior de un coche abandonado a las afueras de la capital.

El escenario era grotesco, y también era patente la brutalidad en su desempeño. En la investigación de un crimen, el primer paso a seguir es dejar que las evidencias hablen por sí solas. Ellas son fieles testigos y, si se escuchan con atención, proporcionarán información crucial para la resolución de cualquier crimen, contestando a los interrogantes que den explicación a la sucesión de los hechos y la supuesta identidad del autor. Pero, entre tanto alboroto, había algo que llamaba especialmente la atención, ¿qué había ocurrido con la cabeza de la víctima?

La investigación topó con varias dificultades

La ausencia de casos previos que compartieran esa forma de proceder tan específica, el de decapitar el cuerpo, quemar la escena del crimen y llevarse consigo la cabeza. Las pesquisas, que ya de por sí eran confusas, complicaban aún más el caso con la ausencia de pruebas que pudieran arrojar luz sobre el agresor. Pero, más allá de lo tangible, las evidencias dejaban entrever muchos aspectos de la personalidad del sujeto que lo cometió. Atendiendo al resultado delictivo y al modus operandi, todo apuntaba a una dirección: Se encontraban ante un asesino en serie.

En la investigación de un crimen, el primer paso a seguir es dejar que las evidencias hablen por sí solas

El perfil de este tipo de asesino se puede resumir en dos características, una es su extrema peligrosidad, y la otra que ésta podría no ser la única víctima. Y así fue. Este fue el segundo caso de una serie de crímenes perpetrados por una sola persona a lo largo de seis años, al menos los que pudieron ser probados. Nunca se sabrá si fueron más las personas que perecieron a manos de quien más tarde recibiría el nombre de “El Matamendigos”.

El caso quedó cerrado y nunca más se supo

Ni ocurrió nada parecido que pudiera ser relacionado con este suceso. Lo paradójico llegó unos años más tarde. Corría el año 1993 cuando un individuo, con un largo historial de padecimientos psiquiátricos y que se dedicaba íntegramente a la mendicidad, ingresa en el hospital Ramón y Cajal tras un intento fallido de suicidio. Ante un “ya no puedo soportarlo más”, se dispuso delante de un vehículo que circulaba por la carretera de Colmenar, al norte de Madrid. Con tan solo una pierna rota, aún se preguntaba cómo podía ser posible que siguiera vivo.

Francisco García Escalero, el “Matamendigos”

En el transcurso de los días de recuperación las enfermeras supieron algo que, tras un par de llamadas, acabaría helándoles la sangre. Tenían ante ellas a Francisco García Escalero, nombre desconocido hasta entonces, pero que acabaría llenando la crónica negra de este país hasta tres décadas después. Fueron testigos de la confesión de su último asesinato. La víctima era Víctor Luis Criado Martín, a quien conoció mientras cumplían internamiento en el que antaño fue el Hospital Psiquiátrico Alonso Vega. El día 19 de septiembre se fugaron juntos y, tras haber ingerido grandes cantidades de alcohol y pastillas, decidió arrebatarle la vida.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad no tardaron en tratar con aquel individuo que afirmaba haber dado muerte a quince personas.

Mientras confesaba, los investigadores ataban los cabos sueltos, llegándose a confirmar doce de los crímenes que se atribuía, uno de ellos frustrado al creer que la víctima había muerto. Acababan de dar con uno de los asesinos en serie más macabros y peligrosos de la historia de este país.

Alegaba actuar movido por unas voces que le instaban a matar, una fuerza interior que pedía sangre y le empujaba a cometer tales aberraciones. Al parecer, él no quería, era algo que le incomodaba, y no ponía impedimento en ocultarlo. No era la primera vez que confesaba sus inclinaciones, incluso sus crímenes, a los profesionales que lo trataban en sus ingresos psiquiátricos, pero nadie lo creía. Fue un asesino confeso que actuó con impunidad durante años, a la sombra del abandono social e institucional, tanto a él como sujeto enfermo como a las víctimas, que en su gran mayoría también ejercían la mendicidad. Víctimas silenciosas cuyas muertes no hacían ruido y que ni tan siquiera se echaron de menos.

La situación finalizó en el momento que él decidió que era insostenible, y por esa razón decidió quitarse la vida, algo que tampoco sería la primera vez que hacía.

Fue diagnosticado de diversas psicopatologías: esquizofrenia paranoide, alcoholismo, depresión, manías persecutorias y, entre ellas, necrofilia. Esta última sería la causa principal de sus recurrentes ingresos psiquiátricos, en los que fue detenido en más de una ocasión desenterrando cadáveres con los que mantenía relaciones sexuales, seleccionando cuerpos de muerte reciente cuyas fotografías en las lápidas le resultaran atractivas. La necrofilia también se extendía a las víctimas que asesinaba, con las que se acostaba tanto antes como después de arrebatarles la vida. Y es que el interés por la muerte estaba presente en diversos aspectos de su día a día, desde que era niño, porque se sentía más cómodo y se relacionaba mejor con los muertos que con los vivos.

Esta fue la cumbre de una vida marcada por antecedentes conflictivos, detenciones e ingresos en centros psiquiátricos, a lo que se suma una larga estancia en prisión fruto de una doble agresión y una violación, y del futuro incierto que le sobrevino una vez obtuvo la libertad, situación que le abocó a practicar la mendicidad hasta este día.

Su propia muerte

Escalero moriría en 2014 privado de libertad en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Foncalent, mientras cumplía una medida de seguridad al ser declarado como “no responsable” por actuar bajo el influjo de la enajenación mental que le provocaban sus enfermedades y trastornos.

Y respecto al asunto de la decapitación, lo intentó en otras ocasiones, pero sólo fue esta vez cuando lo consiguió, por lo que, una vez cortada y en alarde a su comodidad con la muerte, la echó en su mochila y le acompañó durante un tiempo hasta que, cansado de ella, decidió tirarla a un contenedor. Nunca se pudo dar con su paradero.

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