Nos debemos convertir en pioneros, aunque estemos en un camino repetido. Comprendamos desde la conversión de intereses, que se han de conjugar en primera persona y en positivo. Por ende, nos juntaremos cada día para compartir y extender la dicha.

No apaguemos, por favor, los fuegos que dan impulsos. No nos quedemos atrás. Figuremos con nutrientes que nos envíen a ese comienzo perpetuo que nos invita a inaugurarnos constantemente sin vueltas inútiles. Debemos fugarnos hacia el contento.

Ganemos esa partida que nos repara, que no sana con invitaciones a ser nosotros mismos en una singladura con bagaje saludable. Nos dispondremos sin intereses vacíos y fragmentadores.

Pongamos toda la voluntad del universo en que nuestro cuerpo funcione, y también nuestra mente, a la que hemos de atraer hacia el lado más hermoso. No nos resistamos a la evidencia de que opera lo bendito.

Transformemos las armas malditas en argumentos de consenso, de ayuda, de permanencia en el bando menos hostil. Podremos ser más y más joviales, si queremos, claro. Detengamos los nefastos propósitos, que siempre nos enredan en una falta de equilibrio.

Viajemos para dar con lo que sucede en firme, y saquemos el provecho de las razones, sean éstas objetivas o subjetivas. Las verdades han de entrelazarse para mitigar lo negativo y expandir lo magnífico, que no se ha de parar ante los caducos y tóxicos.

Podemos arrancar sensacionales aromas. Debemos seguir con dignidad y entusiasmo. No acampemos en un lugar estanco. El movimiento nos regala la demostración de quienes somos. Y tanto.

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