Las esperadas vacaciones, tan necesarias y tan ansiadas por todos nosotros, suelen ser motivo de discusiones varias, algún que otro enfado que en los peores casos puede llegar a divorcio una vez finalizadas.

La convivencia non-stop unida a las altas temperaturas nunca fue una buena combinación. Sin embargo, en este extraño y surrealista verano pandémico, nos apetecen más que nunca y probablemente las disfrutemos más de lo que esperábamos.

Dolce far niente

Verano es sinónimo de sol, felicidad, de ocio, de tiempo perdido en lo que mejor se puede perder, en no hacer nada.

Es tiempo de bikinis, de mar, de salitre, de limonadas a la sombra, de recorrer pueblos olvidados que son nuestra historia pasada, que nos conectan con otras gentes, aún con la debida distancia social, y que nos permiten reencontrarnos con nuestro yo más natural, ese yo íntimo, sin artificio, sintiendo las calles empedradas a nuestro paso y el viento en la cara.

Recuperando la conexión con la Madre Naturaleza de la que formamos parte.

Estas sensaciones disparan nuestra euforia y nos enganchan más que cientos de likes, así que me armo de valor y planteo en casa, ante la atenta mirada de J. y P. el tema “Vacaciones

-Yo: ¿Chicos, ¿dónde nos vamos unos días? ¡A Oporto!…me muero por conocer la librería Lello!. ¿A San Sebastián? ¡podríamos visitar a mi amiga Leo! ¿A Bali?..ahí reconozco que se me fue un poco la mano.

-J: No sé si es prudente viajar ahora con tantos nuevos contagios.

-P: ¡A mí dejadme en casa por favor!

-Yo: ¿No os apetece explorar un nuevo lugar, pasear por calles desconocidas y descubrir olores, sabores y costumbres diferentes?

-J: ¿Es que no tienes suficiente con la playa y el barco?

-P: Mamá, siento decirte que descubrir… te gusta a ti sola.

¡Imaginad mi cara de desilusión ante la reacción de mis compañeros de fatigas! El diálogo va “in crescendo”, y nos vamos acalorando por momentos, así que decido hacer la última oferta.

-Yo: ¡Altea! Es preciosa, hace años que no vamos y está cerca por si nos vuelven a confinar.

– J: Está bien (No es el rey de la fiesta, pero lo amo).

-P: Qué os divirtáis mucho, os hace falta estar a solas. ¿Podría venirse a casa mi novia esos días?

Nota: Su cara de felicidad al saber que dispondrá de la casa para él solito ( y compañía…) es un poema, una oda a la felicidad más absoluta. Solo por eso decido irme a Altea, olvidando viajes más aventureros y exóticos.

Si él es feliz, yo también. Hago el equipaje sonriendo, recordando esa sensación de libertad adolescente, preludio de un sinfín de placeres.

Lleno mi maleta de conjuntos coloridos para la piscina, para el chiringuito de moda y para las largas noches azules de Altea y pienso que soy feliz…

¡Benditas vacaciones!

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