Franco el ecologista

Mientras España se quema y se seca, nos dedicamos a la caza del ecologista. En una población de Zamora, Manzanal de Arriba, hace unos días se produjeron dos ataques a varios ecologistas, protagonizadas, entre otros, por el alcalde del municipio, que pertenece al PP. Supongo que para reafirmar las palabras de su amigo, colega de partido y Consejero de Medio Ambiente de Castilla y León, en las que defendía, para justificar su negligencia, que “algunas modas ecologistas impedían limpiar los montes”.

A su vez, Esperanza Aguirre, exministra de Educación y Cultura, en el gobierno de otro negacionista del cambio climático, expresaba entre risas en una televisión nacional, que “un grado es poca cosa para alarmarnos”. Cada vez que escucho a los políticos, no solo del PP, y a sus voceros en los medios, hablar de esa manera, me acuerdo del verso con el que comienza Sabina su canción Princesa, “entre la cirrosis y la sobredosis, andas siempre muñeca”.

Esas palabras son las consecuencias del síndrome de Estocolmo en el que viven, y que repiten los mantras que los captores de nuestra economía, los empresarios del IBEX 35, a los que les han dado todo el poder, les susurran al oído mientras meten sobrecitos y promesas de puertas giratorias en sus bolsillos. Cuando vengan a darse cuenta de las barbaridades que dicen, y hacen, lo mismo podremos lamentarnos, cantando: “ahora es demasiado tarde, princesa”.

Si no fuese por el miedo que tienen a que sus ideas, políticas y formas de actuar, se relacionen con las del Caudillo, aunque vayan grabadas en su ADN, podrían echar mano a la manida frase “con Franco se vivía mejor”, y comenzar a defender que estos ecologistas de pacotilla no dicen nada nuevo, porque Franco, hombre sensible donde los haya y amante de la caza y la pesca, ya iba un paso por delante de todos y podríamos afirmar que era ecologista, como dice su nieto en un libro que tituló “La naturaleza de Franco”.

Franco inició en 1941 una labor repobladora que según algunos expertos ha supuesto un incremento de la superficie arbolada de casi cuatro millones de hectáreas. Tampoco podemos olvidar que, para luchar contra la sequía, durante el régimen se inauguraron ocho pantanos que se encuentran entre los diez más grandes del país y se empezó a construir un noveno, sin contar con las innumerables presas y embalses de pequeño tamaño. También, adelantándose a la reciente decisión de la Unión Europea de incluir a la energía nuclear como verde, construyó 10 centrales, de las que cinco, con siete reactores nucleares, siguen en funcionamiento. Y si no ponemos a rizar el rizo, no podemos obviar a los serenos que vigilaban por la noche las oscuras calles, profesión que lo mismo tiene que rescatar Pedro Sánchez para garantizar que se cumple su Decreto ley de ahorro energético.

No me digan que no son suficientes argumentos para que los abascales, ayusos y losantos de turno puedan sumarse, sin traicionar a sus señores, a su corazón y a su añorado líder, a esta moda de la emergencia climática. Se podrían poner al lado de los científicos, de los ecologistas y de la mayoría de la población que vive las consecuencias del cambio climático, aportando ejemplos, rememorando los triunfos, los aciertos, los éxitos del pasado.

Soy consciente de la debilidad de estos argumentos porque la ley por la que se funda el Patrimonio Forestal del Estado, lo único que hace es copiar la que se había firmado durante la II República en 1935. Que los pantanos fueron la continuación del Plan Gasset de 1902 y el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933. Que la Junta de investigaciones atómicas de 1945 se creó con el objetivo de poseer armamento militar, y que los serenos ya aparecieron en el siglo XVIII.

Aunque pensándolo mejor, no es una debilidad de los argumentos, sino todo lo contrario, ya que quizás lo único que tenemos que hacer es copiar, adaptar a las nuevas tecnologías y conocimientos, las políticas del pasado, para garantizar que nuestros montes vuelvan al equilibrio y nos puedan proteger, que podamos disponer del agua que garantice nuestra salud y la de nuestras cosechas, y garantizarnos la energía que necesitamos sin depender de terceros países y sin dejar una bomba de relojería enterrada bajo tierra a las generaciones futuras. Lo único que necesitamos es usar el sentido común para poder salir adelante entre todos.

Pero por lo que se ve, los correligionarios del dictador, del sepulturero mayor, como lo llama Sabina en Adivina, adivinanza, carecen, al igual que él, de sentido común, y han aprendido que para llegar al poder, vale cualquier cosa y que los muertos, los represaliados, los exiliados, son daños colaterales.

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