Jaime presenciaba la final de fútbol escolar en la que Alex, su hijo, derrochaba todo el talento del que era capaz. Desde la grada había observado cómo el entrenador del equipo contrario comenzaba a perder los papeles con algunas decisiones arbitrales, llegando incluso a amenazar verbalmente a alguien del público delante de los críos. Esto había enfurecido a Jaime sobremanera.
Entonces Alex robó un balón en el medio del campo y corrió pegado a la banda dispuesto a dejar sentenciado el encuentro. Pero el pie del descontrolado entrenador se cruzó en el camino del niño, haciendo que éste cayera al suelo. Ese acto canallesco en un ambiente infantil era algo tan absolutamente inesperado que todos los presentes se quedaron estupefactos.
Jaime contrajo todos los músculos de su cuerpo.
Todos le miraban expectantes.
Saltó de un brinco al campo, corrió hacia el entrenador que había derribado a su hijo y, aprovechando la velocidad que llevaba, le asestó un puñetazo que debió hundirle el tabique nasal en el rostro. La sangre brotó de la nariz del entrenador hasta unos minutos antes de que un médico, padre de un compañero de Alex, comprobara su fallecimiento.
–¡No! ¡Qué he hecho!
Jaime volvió en sí. En décimas de segundo, la imaginación y la ira le habían jugado una mala pasada.
Todos le miraban expectantes.
Bajó ágilmente al campo, comprobó que Alex se encontraba bien y, mientras el árbitro sacaba tarjeta roja al entrenador, Jaime disfrutó aliviado del rostro inocente y sudoroso de su hijo.

