Jesús Quintero, una persona buena, un profesional irrepetible

Ha cosechado premios, muchos, casi todos los de prestigio. Ha recibido honores. Ha tenido mucho público, ingentes audiencias… Ha sido único en su estirpe, como persona y como profesional. Nadie como él. Nadie.

La radio, y la televisión, los medios de comunicación, la vida… se han parado un segundo eterno para hacernos ver que la existencia es lo que sabemos: fungible. La historia pasa, como las olas en la mar, como sus estelas, con sus cuentos, con sus dimes y diretes.

Calla la voz. El artista guarda silencio: el espacio se convierte en un vacío atronador. Hoy el silencio no es rentable. Hoy es pena. Por unos instantes mutados en siglos nos vemos en la nada. La referencia se ha ido. Nos hemos quedado solos, un poco más, cada día, como dice mi amigo Alfonso Arteseros, demasiado más.

Se ha marchado Jesús Quintero, Jesús Rodríguez Quintero, “el loco de la Colina”, “el hombre de la roulot”

Periodista, escritor, director, presentador… en todos estos oficios destacó, y mucho. Buscó “perros verdes”, “gatos pardos” y “ratones coloraos”. Se preguntó muchas cosas. Al final se cuestionaba aquello “de qué sabe nadie”. Es verdad. Poco conocemos en unos derroteros efímeros. Fue “vagabundo”, indagador en “trece noches”, y en más etapas y circunstancias. Contra viento y marea fue él mismo, sin molde, o con uno particular que nadie hizo sino él, y que nadie manejó excepto él.

Se gestó como “lobo estepario” entre no sé cuántas “luces”, que uso para regalarnos indicativos en un universo que marea. Obtuvo un orden desordenado con personajes a los que halló y sacó el mejor lustre.

Hace unos años en Murcia estuvimos hablando de televisión ante el público y de la vida con una copa de vino. Contemplo la foto que indica que somos recuerdos, y me oteo como un niño embelesado ante un Dios. La tierra nos faculta y nos proporciona opciones que, vistas como un milagroso regalo, nos aportan, de cuando en cuando, un ápice de conocimiento. Fue el caso.

Actualmente presidía una Fundación que lleva su nombre. Estaba radicada en su pueblo, San Juan del Puerto, en la Provincia de Huelva. Allí le lloran, como le lloran en Ubrique, donde ha fallecido, como derraman lágrimas en la maravillosa Andalucía, viva como él la concibió siempre. Lo echaremos de menos en todo el planeta. Fue un hombre que triunfó en varios continentes.

No obstante, prefiero recordarlo hoy como un artesano de la palabra tranquilo y afable, culto, sereno, con mirada honda, con fuerza interior, con una garganta prodigiosa, con un tono y un tino como pocos, con un corazón de oro, con una irrepetible empatía con sus semejantes… Lo rememoraré como sucediera aquella noche en Murcia, en la que me sentí importante con alguien que fue sabio y humano, y, esencialmente, pura bondad. No hay nada más sustancial en una persona que el hecho de que podamos glosar que fue buena. Jesús lo fue. Su legado lo es. Descanse en Paz.

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