La chica de Ayer: Las parejas

Cintas de cassete GFX

Lo tenía claro Diana de Gales cuando dijo que tres eran multitud, ya que en su contexto, esa premisa tenía su lógica. Pero en el ecosistema musical que habitualmente rodea a nuestra chica de ayer, las parejas molan, y los tríos, si son buenos, y afinan como canarios, aún más. Así que abandono momentáneamente a la princesa triste y paso a centrarme en el asunto que nos ocupa hoy.

En España y en el mundo siempre ha habido parejas de artistas que nos han llevado al cielo, nos han estrujado el corazón y nos han hecho declararnos, grabar cintas como Horacio Pinchadiscos y arrimarnos a la persona que nos gustaba, e invitarla a un San Francisco con la voz temblorosa. De todo esto que ando escribiendo tiene la culpa un dúo que escuché ayer, y que me hizo regresar al sitio de mi recreo. Se llamaban Victor y Diego y componían canciones tan extraordinarias como Mujer de cristal, Tiempo de amor y El parque. Si, esa de “Hay un parque aquí en mi barrio/que eso no es parque ni es ná”. 

A partir de esas emociones, me he puesto a pensar en los dúos que me circundaron y casi me circuncidaron. Algunos cantaban en inglés, como The Carpenters, dos hermanos que daban la sensación de no hablar nunca en voz alta. Ella tocaba la batería e inventaban canciones como Close to you, una tema tan melancólico y hermoso, que si la versiona Varry Brava, lo peta. Sin embargo, mis dúos favoritos que cantaban en guachi-guachi eran Ike & Tina Turner y Simon & Garfunkel. Estos últimos, porque además de ver pasar al cóndor como si lo conocieran y ponerle banda sonora a la faja de la Señora Robinson, en El graduado, crearon una obra de arte que se llama So long…, dedicada al arquitecto Frank Lloyd Wright.

Ya veis que no todo era chunda chunda, sino que había gente leída en el meollo. Por los Turner siempre he sentido debilidad, porque eran dos genios en el escenario. Aunque en su casa, el tal Ike era un bicho malo que se podría haber metido las manos en el bolsillo desde pequeño. En España, además de Victor y Diego, componían canciones perfectas dos mujeres que se llamaron Vainica Doble para la cosa comercial y Elena Santonja y Gloria Van Aerssen, para el corazón de la gente que las amó. Inolvidables. Y luego estaban Sergio y Estíbaliz, que cuando se salían de Mocedades, y los cogía por banda Juan Carlos Calderón, hacían canciones eternas, como Tú volverás, o Piel. 

En el flamenco también triscaban dúos de alta calidad, como Lole y Manuel, que nos dejaron coplas tan intensas, que aún suenan actuales en las grabaciones de Movie-Play, con letras donde la gente se besaba en los callejones, porque en amores, las caricias soñadas son las mejores. No me puedo olvidar de Los Amaya, porque además de llevar las gafas que luego utilizó Marujita Díaz para cualquier actividad pública o privada, cantaban Vete y le ponían una ese al final de la segunda persona del singular –dijistes, pedistes, robastes-, lo que les confería un estatus de flamencos intelectuales entre los suyos, que empezaron a copiarles con ansia para destrozo inevitable del María Moliner.

Mis parejas musicales toman la recta final desde el recuerdo a Pecos, dos hermanos tan diferentes que parecían vecinos. Ana y Johny, un dúo inclasificable que cantaba Yo también necesito amar, un tema que podía haber servido para la banda sonora de 50 sombras de GreyLas Grecas, que fueron la prehistoria de la rumba más pop y modelna de los 70. Y no puedo olvidarme de Los Golfos, dos chavales que pusieron de moda la frase “¿qué pasa contigo tío?”. Ni de Enrique y Ana, Romina y Albano, Baccara, Azul y Negro, El Dúo Dinámico o Pimpinela, pero eso ya es otro cantar y merece ser tratado cuando la chica de ayer se recupere de todo este vertiginoso recorrido vintage, la pobre. Que haya alivio.

Y LA INEVITABLE PLAY-LIST

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