Somos una sociedad de etiquetas gracias a que alguien dedica tiempo a inventarse palabros que igual sirven para calificar a una generación -la mía, la X, vete tú a saber qué era eso- que a los seguidores de Lady Gaga o a las mujeres de los futbolistas. Los medios de comunicación se apropian de ellos, los difunden y ya está el mal el hecho.

Vamos con lo último. Happycracia dicen que se llama. Como siempre, una importación del lenguaje de la Pérfida Albión para en este caso referirse a la exaltación de la psicología positiva, amplificada hasta la obsesión gracias a las redes sociales. En ellas, niños, jóvenes y mayores viven pendientes de su imagen y de contar cada cosa que hacen en tiempo real. Una muestra permanente de felicidad, o al menos de apariencia de felicidad, en esta Iglesia del Egocentrismo, llena de fieles 24/7.

No hace mucho leí un par de revistas dedicaban unas páginas al tema. Hablaban de cómo nos hemos centrado tanto en nosotros mismos que nuestra vida pasa por ser un relato de ficción con el objetivo principal de alcanzar la felicidad perfecta. Y claro, eso requiere tal esfuerzo que, cuando nos topamos con algunos de esos miles de matices de los que se compone la realidad y la hacen imperfecta, nos venimos abajo.  

Porque parecer feliz es un trabajo sin descanso que conlleva un sentimiento de continua insatisfacción. En lugar de admitir el error o el fracaso, nos flagelamos por hacer las cosas mal, o al menos no tan bien. Por eso la imagen virtual que proyectan algunos -no diré todos- en las redes sociales es el reflejo de un narcisismo adictivo. Quien se deja llevar por él, necesita “chutes”. Además, no a diario; el cuerpo reclama su dosis cada media hora. La tranquilidad llega en forma de “me gusta” en Facebook, corazoncito en Instagram y muchos retweets en la red del pajarito.

El cuerpo reclama su dosis cada media hora. La tranquilidad llega en forma de “me gusta”

Si la apariencia de felicidad no basta para sostener el intento de llevar una vida perfecta, siempre podremos recurrir, nos recuerdan, a los libros de autoayuda, que son legión y seguro que nos iluminan. Manuales de instrucciones con las diez claves para ser feliz, impulsar el poder del ahora, conocernos a nosotros mismos, encontrarnos cuando nos busquemos, interpretar las señales y los caprichos de la ley del cosmos, conciliar el karma, forjar nuestro propio destino y entender que las casualidades no lo son tanto. Hasta el azar tiene su razón de ser si hacemos caso a alguno de estos profesionales de la psico-verborrea. Es decir, también la espontaneidad y la improvisación vienen causadas por algo. ¡Pues menudo aburrimiento, mire usted!

Vemos estanterías llenas de estos best-sellers que van absorbiendo la conciencia hasta arrasarla con un tsunami de superstición. Libros que ponen tal cantidad de “deberes” para ser feliz que terminan, no guiando, sino sometiendo a quien los lee. Entonces, y es la conclusión que arrojaban los reportajes que mencionaba antes, lo que aparece es un fuerte sentimiento de culpabilidad en aquel que, ansioso y frustrado, es incapaz de asumir y practicar la ideología de la felicidad.

A la vista de las herramientas que estamos usando para soportar esta “angustiosa” existencia nuestra, me parece que el objetivo de ser feliz es demasiado ambicioso, y ahí está el origen del fracaso. Hay que bajar un escalón. Me inclino por trabajar un estado de aceptación, que te haga sentir a gusto contigo mismo. Y digo aceptación, no conformismo. Siempre tenemos margen de mejora y por eso avanzamos, nos caemos y nos volvemos a levantar. Aprendemos por el camino. Y siempre hay y habrá circunstancias que nos pongan a prueba.

La esencia de una vida sana es disfrutar del instante y plantearse ilusiones realizables y objetivos cumplibles, así te garantizas una sucesión de pequeñas satisfacciones y evitas ansiedades. Un detallito de Mr. Wonderful tiene su punto, pero no hacer de su filosofía el eje de nuestra existencia, reducida a una frase de mochila. La popularidad en Instagram no es sinónimo de éxito. Hasta que se demuestre lo contrario, los logros más importantes llegan con esfuerzo, trabajo y dedicación.

Cultivar el ego no es ser un personaje más en la comedia absurda y mil veces vista en que se han convertido a veces las redes sociales. Es hablar cara a cara de cine, música y buena literatura, no de libros de autoayuda. Y vivir saltándose el guión impuesto por la tiranía de la happycracia.

Ramón Avilés

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