El papel de los medios de comunicación es claro: tienen que informar, formar y entretener, así como han de procurar supervisar el ambiente en el que estamos y fomentar los grandes valores de progreso y de convivencia en la sociedad. Hasta ahí todo bien. Lo que sucede es que se producen asimetrías, y no siempre se fomentan esos fines en la misma proporción, en la debida, al menos. Nos dejamos llevar, en cambio, por niveles sentimentales, en vez de contribuir a un equilibrio entre éstos y los racionales.

Los medios de comunicación (no solo los tradicionales, sino también los nuevos soportes) nos introducen en mundos fantásticos que nos promueven modas, mejorías, cambios para bien y para mal, y entregas a ejemplos y modelos que nos influyen de diversas formas, siempre dependiendo de la personalidad de cada cual, de sus circunstancias y de sus aprendizajes y hábitos previos.

Provocar comportamientos es hablar de psicología. No olvidemos que Aristóteles decía que somos animales de costumbres, y los usos, como se sabe, hacen las hojas de ruta y hasta las leyes. Es, por ende, muy importante que seamos conscientes de la perturbación o la docencia en positivo que ejercen las empresas comunicativas y, en consecuencia, el quehacer de sus profesionales. Son, éstas, estructuras industriales más o menos complejas y eficaces que nos llenan de ilusión o de todo lo contrario, marcando un itinerario que luego se traduce en ideologías y opiniones variopintas y variables. 

En este sentido, el papel que se refleja de la mujer en esta iconografía viene marcado por intereses objetivos, subjetivos, evidentes o soterrados. Están ahí siempre, de algún modo. Indudablemente, muchos cambios sobre la perspectiva de género han venido motivados por esa pretensión más plural, más democrática, más liberalizadora, que han jugado y juegan los “mass-media”, pero lo cierto es que las grandes mudanzas, pese a los progresos de los últimos 50 años y a la clara influencia audiovisual, no se terminan de dar.

Se camina, pero no lo suficientemente para tener un reparto ecuánime y responsable de las tareas de hombres y mujeres por una igualdad real en todos los territorios y en todos los países del mundo. La visión de la economía y de la religión en muchos puntos del orbe, amén de otras consideraciones, ha calado hondo con una óptica permisiva con la discriminación y endiabladamente confusa en la defensa de unos derechos que han de ser diáfanos y claves desde las propias familias, que han de contribuir con la educación y la justicia a esa igualdad real por la que estamos comprometidos.

No bajemos la guardia


La senda y el esfuerzo de las últimas décadas son dignos de encomio, pero no bajemos la guardia, y mucho menos en los medios comunicativos. Las cuestiones fundamentales se consolidan cuando transcurren varias generaciones y éstas apuestan por la permuta constructiva y por su cimentación. Para ello aún falta un tiempo. Lo bueno es que lo tenemos claro, y que no hay vuelta atrás. No obstante, pensemos que no habrá consideración de igualdad genuina hasta que ésta no lo sea en todas las naciones del planeta. Otearlo de otro modo es incrustarnos en una coyuntura tan injusta como cruel. No hay mejores palabras para definirlo. Sin salir de nuestros entornos, si no pretendemos la violencia cero en asuntos de género, por citar un sustancial problema, no estaremos en condiciones de preservar con garantías lo que es la base del derecho: la libertad. Podríamos hacer más referencias, claro. 

Aquí, como en tantos perfiles, el papel de los medios es crucial

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