No bajes la ventanilla, te veo, veo tus piernas acongojadas por el acelerador, con medias de un estúpido negro, que no llegan hasta tus ingles, veo tu intimidad cubierta de malva y de besos de la noche anterior.

Saliste rápida y no te alcanzó la lluvia de la ducha ni el gel. Veo tu historia, la de anoche no, esa aún está como tus tostadas a medio hacer, la de toda tu vida, la de esa que dibuja tu pelo alborotado sin visitar peine alguno, una especie de chorro cansado de agua y poco más. Veo tus dedos cubiertos de anillos de plata y oro blanco, esos que me llenaría de morbo, dejarlos en tu mesilla, antes de desnudarte.

Contemplo, tu camisa, aún por ajustar, un poco arrugada como de costumbre, hoy rosa y blanca, a cuadros tan pequeños que no cabría un alfiler. Te has propuesto dejarme ver tu sujetador a juego con tu tanga, es bello y carnal y lúbrica mis neuronas, hasta temperaturas mas altas de las que marca la calle, a las siete treinta de este 14 de Noviembre.

Observo tu piel, ese folio en blanco por escribir, sátira y disipada, como salida de un erótico romance de noche y media. Admiro tu lunar entre tu cuello y tu clavícula equidistante a tu barbilla, en un punto desconocido para mi GPS. Te miro concienzudamente, me da igual tu matrícula, la apunté ayer 1777-DWX, hoy te observo a ti, no quiero más, antes que amanezca, quiero tener tu sombra bajo mi mirada, tus parpados secuestrados y tu boca enganchada a mi lujuria, quiero desearte tanto que te haga bajar del coche, como hipnotizada, llegues a mi lado… y entonces me marche, para que mañana te siga deseando como hoy, cuando te miro.

 

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