Surge el día con esperanza, y, como mínimo, le hemos de dar la ocasión de una dicha compartida. La bondad y el amor han de caminar de la mano. Los resultados, buscados o no, nos regalarán esperanza en el mañana, aunque, de momento, pensaremos en el hoy. Nos tenemos como base de ese contento que nos procura explicaciones a lo que no siempre entendemos.


Meditamos. Respiramos. Hemos aguardado este instante durante mucho tiempo. No siempre advertimos las importancias de lo cotidiano, seguramente por las prisas, porque damos todo por entendido, sabido o cosechado sin más. La relevancia de cada jornada, de cada fruto conseguido, es tan sustancial que a menudo no caemos en la cuenta de que, sin pasar antes por determinadas veredas o sendas, nunca estaríamos en amplias autopistas. Todo suma, y, en ocasiones, lo más sencillo es la llave para lo más grande.


Nos rogamos interiormente. Procuremos la disciplina suficiente (no tiene que ser la máxima) para adquirir el hábito del agradecimiento, de la fe en lo que hemos de realizar para dar con las opciones sin batallas, para abrirnos a las libertades y formaciones que nos permitan un poco de garantía respecto del futuro, que lo querremos con sapiencia y consideración, con admiración hacia los buenos y con las promesas cumplidas para recuperar ese impulso al que tenemos derecho.


Viene, por ende, esa jornada de encuentros en los que los tonos y los colores los podemos poner nosotros. Sí, hace falta esfuerzo, pero, en realidad, ¿para qué queremos las energías? Vamos a felicitarnos por estar: saquemos igualmente provecho a lo que somos y a cuanto albergamos.

La base para la jovialidad, y puede que algo más, reside ahí. Lo sabemos. Toca comprobarlo. Regalemos, por favor, los buenos días.

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