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Todas las tardes, sobre las seis, salgo con mi hija hacia el parque. Antes de llegar a los columpios hay una fuente. A Miranda le gusta pararse a ver cómo beben las palomas que se acercan. Luego me vuelve a coger la mano. Seguimos andando despacio y más o menos a esa altura es cuando empiezo a verte. Siempre estás en el mismo banco. Vaqueros, camisa clara, sonrisa y ojos de pícaro. Al principio juegas a que no te he visto y me vas a sorprender, pero luego, cuando nos vamos acercando ya no disimulas, abres la boca y enseñas todos los dientes y las arrugas gesticulares que te envuelven la sonrisa. Llevas el pelo un poco largo, pero te queda bien, aunque el flequillo casi te llegue hasta los ojos. Creo que te da un aire juvenil que a los cuarenta y pico, no viene nada mal. Cuando llegamos a tu altura me doy cuenta de que mientras camino tú tampoco me has quitado la vista de encima. Me pregunto si me verás cambiada, o si hay algo en mi ropa o en mi forma de andar que te sorprenda. Entonces, me paro lo suficiente para que tu sonrisa y mi mirada coincidan. Es justo en ese momento cuando mi hija me pregunta qué estoy haciendo, y tengo que continuar hacia el parque. Eso pasa, desde que te has muerto, todas las tardes.

Por Ángela Torrijo Arce.

Ganadora del concurso “Cuéntanos tu historia de amor, sea real o fictícia