¿Qué hago yo aquí?

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¿Qué hago yo aquí? ¿Quién me ha mandado meterme en esta aventura?

Estas son quizás las preguntas que más nos hayamos hecho a lo largo de nuestra vida, y no me refiero solo al domingo por la mañana después de un fin de semana intenso. Bueno, pues antes de continuar permítanme, o permitidme presentarme. Mi nombre es Alberto Vicente y es para mí un verdadero honor que desde la dirección de este magazine, hayan querido contar conmigo para esta nueva aventura.

Como iba diciendo  estar hoy aquí escribiendo esta columna es fruto de una casualidad, una muy positiva casualidad a decir verdad pues hasta hace menos de un año yo era una persona anónima dedicado únicamente a mis hijos y mi trabajo en la Academia General del Aire donde ejerzo como Instructor de Vuelo, además de proteger el medio ambiente y nuestro Mar Menor desde mi puesto de Asesor medioambiental. Bueno, no es que ahora sea como “Bad Bunny” y tenga que ir quitándome a las fans de encima, pero sí que a veces la gente me ve y me pregunta si soy el piloto escritor, algo que me hace  bastante gracia.

Todo cambiaría el día que una persona muy especial dio con un documento que tenía en mi ordenador del trabajo. Pero antes de desvelar más información acerca de esta persona creo que sería conveniente retroceder un poco…pero bueno no mucho que es la primera columna que escribo y no quiero que sea la última.

Hasta hace menos de un año yo era una persona anónima, dedicado únicamente a mis hijos y a mi trabajo en la Academia General del Aire, donde ejerzo como instructor de vuelo.

Cuando uno piensa en un escritor (algo a lo que aspiro) se imagina una persona sentada en su sillón orejero, con un gran fular al cuello, envuelto en una preciosa bata de seda, un monóculo y bebiendo te… Al menos era como yo me los imaginaba antes de introducirme en este mundo de manera clandestina, pero nada más lejos de la realidad, salvo por el té, que me encanta.

Yo, desde pequeñín, nunca fui el más listo de la clase, es más se puede decir que no aprobaba ni el recreo, sin embargo sí que le daba mucho a la imaginación, además de leer muchos cómics.

Con el paso del tiempo fui centrándome hasta llegar a aprobar incluso una difícil oposición que me daría la oportunidad de cumplir uno de mis sueños de juventud; ingresar en la Academia General del Aire para convertirme en piloto, al igual que mi ídolo Maverick en Top Gun… ¿Quién de nuestra generación no vibraba al ver a Tom Cruise subirse a uno de esos aviones, sonando “Take my breath away”?… Aunque al igual que con el mundo de las letras, una vez dentro todo es muy diferente, los pilotos no vamos jugando al voleibol con el mono de vuelo atado a la cintura y enseñando nuestros torsos atléticos.

Como podéis ver soy un auténtico apasionado, rozando a veces el frikismo, de aquella cultura ochentera con la que crecí, en donde montones de series y películas con un profundo mensaje llenaron mi mente, además de con la música que escuchaban mis hermanos, de eso hablaremos otro día.

Volviendo a dónde estábamos. Una vez dentro de la AGA, y pese a que mis notas habían comenzado a mejorar, mi espíritu rebelde continuaba intacto, por lo que más de un fin de semana me lo tuve que pasar allí dentro. Digamos que meditando profundamente.

Fue entonces cuando comenzó mi verdadera pasión por los libros, pasando a descubrir el fantástico mundo que se escondía en cada una de las paginas, en donde podías conocer otras culturas y visitar otros países sin salir de la nave en donde residía. Todo ello haría, que con el pasar de los años, quisiera transmitir dicha pasión por la lectura y el uso de la imaginación a mis hijos.

Esa imaginación fue la que hizo que varios años después, durante uno de los numerosos viajes que la familia hacía a Úbeda (tierra natal de mi exmujer), a los pies de la Sierra del Caballo en el precioso pueblo de Huesa, junto a una montaña con forma de dragón, detuviera el coche y nos pusiéramos a contar aventuras. A partir de entonces, eso se convertiría en una costumbre,  y ante la insistencia de mis hijos, les prometí que algún día les haría un libro donde ellos serían los protagonistas, algo que me hacía mucha ilusión pero no sabía por dónde empezar.

He de reconocer que al principio me resultó extenuante, pues nunca antes había escrito algo que no fuera la lista de la compra… (es broma), pero de verdad que aparte de los pesados documentos que suelo hacer, poco más había redactado. 

Poco a poco, y gracias a las mil y una aventuras que tenía en la cabeza, comencé a llenar páginas. Las primeras me costaron horrores, además de estar continuamente cambiando palabras unas por otras. Sin embargo al cabo de los meses ya tenía más fluidez a la hora de componer.

Pero como en toda buena historia, no iba a ser todo color de rosa, y a partir de la separación de mi mujer comencé a centrarme en mi nueva etapa en la que había entrado. (No, no era el Tinder, que sé que lo estáis pensando) dejando a un lado la pequeña obra que pensaba escribirle a mis pequeños.

Un buen día, estando de guardia, vino a verme una amiga de la infancia. Bueno, en realidad era la que había sido mi novia durante mi etapa de alumno en la Academia General del Aire y por la que me habían arrestado en alguna ocasión al escaparme para ir a verla… ¡jajaja,! menos mal que ya los tiempos han cambiado y los alumnos de ahora ya no tienen que hacer esas cosas. Bueno volviendo a mi historia, pues esa chica se puso a utilizar mi ordenador y al ver en el escritorio un documento que ponía “El Renacer de la Bestia”, claro, no pudo evitar meterse para indagar un poco. 

Yo me quedé pálido, pues era la primera persona que leía mi manuscrito. Sentí pánico, pues era como si alguien viera en mi diario. Sin embargo al ver su cara de emoción conforme iba pasando páginas, mi miedo se desvaneció: Chico esto tienes que terminarlo momento a partir del cual me propuse terminarlo.

Una vez acabado, y de nuevo ante su insistencia, decidí enviarlo a diversas editoriales, y en menos de un año, yo que hasta entonces había sido una persona reservada, sin Facebook, ni Instagram, ni nada parecido, me vi metido en las redes, haciendo presentaciones, en artículos de prensa, radio, ¡incluso en la televisión! Vaya cambio desde luego.

Como digo, he de reconocer que soy un privilegiado, y debo por ello dar las gracias por poder dar rienda suelta a todo lo que llevo dentro de mi cabeza y compartir con todos mis anhelos y mis pasiones.

Muchas gracias por estar ahí y hasta pronto.

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