Francisca Ballesteros “la viuda negra”

Las mujeres también matan, incluso se dice que lo hacen mejor. Aunque los hombres encabezan las cifras (un 90% frente a un 10% perpetrados por mujeres), los escasos crímenes perpetrados por ellas pueden llegar a ser extremadamente peligrosos.

Existe una curiosidad respecto a los perfiles criminales, y es que en su estudio se ha demostrado una marcada y extensa diferencia entre hombres y mujeres, en concreto a la hora de arrebatar una vida. Hablando en términos de frecuencias y mayorías, en una comparación con lo masculino, la mujer despunta por ser indiscutiblemente más sutil y metódica. La casi ausencia de impulsividad hace que apenas quepa en ellas la ejecución pasional en sus crímenes, planificando cada uno de los pasos hasta la consecución de los fines propuestos.

Estas diferencias han llevado a la creación de un perfil criminal concreto y propio para la mujer asesina: las viudas negras.

Se caracterizan por la motivación que las lleva a matar, en la que el crimen no es un fin sino un medio para obtener un beneficio: dinero, poder, liberad, venganza… Estos son algunos ejemplos de los móviles más frecuentes en este tipo de perfil.

Casos que han dado la vuelta al mundo como los de Marie Ann Cotton, Chisako Kahehi, Belle Gunnes o Lydia Anna Mae Trueblood han consolidado esta categoría de delincuentes, también presente en la crónica negra de nuestro país, con perfiles como el de María Jesús Moreno (la viuda de Paltraix), Concepción Martín Velasco o Rosa Peral.

Se trata de un tipo delictivo que goza de antigüedad y que se remonta siglos de historia, donde mujeres asesinaban a familiares, maridos o terceras personas, haciendo de la muerte el salvoconducto que les garantizara conseguir la libertad o la venganza que tanto ansiaban.

En la gran mayoría de las ocasiones usaban el envenenamiento como método homicida, con sustancias como el arsénico, fácilmente asequible y cuyos efectos se confundían con enfermedades como el cólera, lo que les ofrecía una más que probable impunidad ante la ausencia de métodos de investigación que pudieran demostrar la intencionalidad en las muertes.

Este modus operandi sigue vigente en la actualidad

Asesino silencioso y discreto que mata lentamente y sin mancharse las manos. Detrás de esta sustancia hábilmente administrada se ocultan cientos de muertes extrañas y sospechosas, de las que nunca se pudo probar una más que evidente intencionalidad. Uno de los ejemplos más relevantes de nuestro país, además de ser referente en lo relativo a este perfil, lo encontramos en el caso de Francisca Ballesteros.

Francisca Ballesteros

Francisca Ballesteros “La viuda negra”

De nuevo, nos encontramos ante una mujer aparentemente normal, casada, con dos hijos y que se desenvuelve con soltura en su ambiente social. Nada hacía despertar inquietudes respecto a esta familia respetable, salvo la compasión ante las desgracias que la azotarían en los años posteriores. En primer lugar, fallece su primera hija con apenas unos meses de vida. Años más tarde, lo hace su marido a costa de una rara enfermedad tras meses de lucha y de debilidad, de los que no pudo reponerse. Cuando fue hospitalizado, ya nada pudo hacerse con su vida.

Quedándose Francisca con dos hijos a su cargo, Sandra con dieciséis años y Antonio, de once, a tan solo cuatro meses de la muerte de su padre, los dos hijos también acabaron enfermando. Hacía varias semanas que no acudían a sus respectivos centros educativos, a lo que ella achacaba a la tristeza por la pérdida de su padre, resfriados mal curados y una vagueza crónica.

Sólo había una persona que rezumaba extrañeza. Poco sabía el carnicero del barrio de lo que le deparaban las horas siguientes en esa mañana en la que se propuso exigirle a Francisca una deuda pendiente. Fue a su vivienda, ella lo invitó a pasar mientras buscaba el dinero y éste se encontró lo que se definiría como un escenario grotesco.

La casa desprendía un hedor pútrido que despertaba arcadas, la suciedad acompañaba al aire espeso producto de no haber ventilado en semanas.

Anduvo por la vivienda hasta que vio a Sandra postrada en la cama, con aspecto de inconsciencia, la piel pálida y llena de llagas, y un cuerpo que parecía un saco de huesos. No abría los ojos y apenas parecía respirar. Desde la otra habitación se escuchaban los quejidos del otro hijo, Antonio, cuyos débiles intentos de hablar sólo quedaban en sonidos inteligibles que cesaron a los segundos. Este estado lamentable hizo que el carnicero insistiera a Francisca para que los atendiera un médico, a lo que ella se mostraba reticente. No se fue de allí hasta que lo hizo. Cuando llegaron los servicios sanitarios encontraron a Sandra recubierta de vómitos, orín y heces. Tras meses enferma y agonizante, murió poco después de llegar al hospital. La causa de la muerte: Fallo multiorgánico e insuficiencia hepática.

La muerte de la adolescente hizo que un tío de los jóvenes, hermano de su reciente y difunto padre, atara cabos al encontrar similitudes entre ambas muertes. Ya sospechaba de Francisca, a quien cazó en múltiples mentiras cuando éste se preocupaba por su moribundo hermano, negándole asistirlo y verlo en sus últimos días. Ahora actuaba de igual manera con sus hijos, especialmente con el niño, que empeoraba en casa por momentos y le negaba la asistencia médica con las mismas excusas de siempre.

Ante esto, puso en alerta a las autoridades y consiguieron salvar su vida tras ser salvado a tiempo. Aquí llegó lo sorprendente, y es que presentaba un cuadro similar al de su hermana. Todas las personas que rodeaban a Francisca morían en las mismas circunstancias, lo que ella misma atribuyó en el momento de su detención a una fumigación que realizó con anterioridad a estos sucesos.

No hizo falta indagar mucho más hasta que ella confesara sus crímenes voluntariamente.

Había envenenado a su familia con un medicamento para tratar el alcoholismo que había adquirido en la farmacia, cuyo consumo continuado provocaba disfunción hepática. Mientras tanto, los mantenía débiles y adormecidos mediante la administración de medicamentos relajantes.

Aunque sumida en múltiples contradicciones, se pudo comprobar la motivación escalofriante que llevó a envenenar a sus hijos. Al parecer, Francisca tenía varios amantes a los que había conocido por internet, haciendo uso de un alias y una imagen falsa de su vida. Alegaba que era una mujer viuda que había perdido también a sus hijos en un accidente de tráfico, y llegó a acceder a casarse con uno de ellos, a quien vio físicamente en una ocasión durante el verano en el que comenzó a envenenar a su familia.

Empezaban a encajar las piezas. Sin dejar huella, esta viuda negra fue eliminando del tablero a todo quien lo truncara sus planes de futuro y que, en este caso, era su familia. También confesó haber matado a su primera hija usando la misma sustancia que usaría más tarde con los demás miembros, con apenas seis meses de edad, aludiendo que no se sentía capaz de lidiar con la enfermedad que ésta padecía. Se le investigaron más muertes sospechosas en su familia, de lo que nada se pudo obtener por la volatilidad de la sustancia en el tiempo.

De lo que no cabe duda es que nos encontramos ante una depredadora que, si bien no disfruta matando, hace que la muerte le resulte indiferente.

Carente de cualquier tipo de sentido de la empatía y de una frialdad impoluta, su captura es otro ejemplo de la autoconfianza producto de un narcisismo exacerbado, en la que una historia de crímenes seriales impunes lleva al autor a la dejadez en la planificación y cuidado de sus métodos. Un perfil de viuda negra que concuerda en motivación, y que despunta por la psicopatía de quien nada le importa más allá de ella misma, ni siquiera la vida de sus propios hijos.

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